Visto y Oído

francisco / andrés / gallardo

Spock

PARA un productor ejecutivo estadounidense le era más fácil hablar de marcianos que de negros hace cincuenta años. Si en una serie aparecía entonces un negro heroico, de buen talante, que hasta podía enmendar la plana a los blancos, un buen cacho de la audiencia, de esa América profunda, elevaba sus quejas y sus desaires a la cadena y a los anunciantes. El exmilitar y expolicía Gene Roddenberry estaba cansado de lidiar contra la segregación racial en sus telefilmes y maltratadas series como The Lieutenant (El Teniente) y decidió que era mejor luchar contra el racismo hablando de seres alienígenas, seres distintos y unidos por un buen destino común. Y en esas ideó al frío señor Spock. En vez de ser un negro era un tipo con cejas estiradas, orejas puntiagudas, con serena inteligencia y escaso encaje para las bromas. Es decir, un bicho raro surgido del planeta Vulcano. Y el público de su tiempo aceptó mucho mejor a Spock que a otros personajes de Roddenberry más realistas y de más clara posición reinvindicativa. Aquel semillero antirracista se llamaba Star Trek, con la nave Enterprise vagando por los abismos siderales con el capitán Kirk al frente. En su momento, en 1966, la masa de la audiencia norteamericana y de medio mundo, incluida la española, no le agradó mucho aquellos relatos, pero a los pocos años el universo trekkie traspasó la velocidad de la luz y del tiempo: ya no es sólo un clásico, es un fenómeno que perdura en todas sus entregas por la tele o en el cine.

Leonard Nimoy quedó, muy a su pesar, marcado por el vulcaniano, pero se ha ido definitivamente de este planeta como el personaje televisivo más carismático de la historia. Sheldon, su heredero en la comedia, se ha llevado un buen disgusto.

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