Misericordina

Eduardo / Martín / Clemens

'Stabat Iuxta Crucem'

VIVIR con intensidad la liturgia cuaresmal con la mente y el corazón e intentar aplicarla es ir comprendiendo y pareciéndonos a María de Nazaret, la Nazarena, que realmente acompaña a Jesús, amando sin medida, durante toda la pasión, sin apartarse de él en ningún momento, hasta el despertar de la pascua.

Cuando todos, miedosos y decepcionados, abandonaron y huyeron, ella, soportando la mayor de las aflicciones, permanece firme al pie de la cruz. Mientras Jesús permaneció yacente en la sepultura toda la fe de la Iglesia se sostuvo en ella: Santa María in Sabbato.

Así como el vientre que engendró a Jesús en Nazaret se tuvo que ensanchar para acogernos en maternidad a todos por mandato divino, así nuestra devoción a María, sufriente y dolorosa, de pasión y de cruz, se debe extender a todas aquellas madres que han perdido a sus hijos bajo el peso de cruces insoportables. Cruces provocadas por Pilatos depredadores que han consentido, para vergüenza de la humanidad, que el fondo del océano quede regado de muertos. Humanidad que alardea de Estado de bienestar mientras deja cerrada la puerta a los que llaman, como a Jesús en Belén, y que, cuando piden agua, se les da hiel y vinagre como a Jesús en el Calvario.

Así como en la crucifixión María estaba al pie de la cruz, stabat mater dolorosa iuxta crucem, pendiente de su hijo y acompañada del discípulo amado, igualmente sigue estando y sufriendo ante los cristos rotos de nuestro mundo. Es un ejemplo vivo de lo que debe hacer un cristiano: saber estar junto a la cruz de Cristo y, por añadidura, ante la de nuestros hermanos que completan, en su carne, lo que falta a la pasión histórica de Cristo como nos recuerda San Pablo, el apóstol de la cruz.

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