antonio montero alcaide

Escritor

Suicidios sevillanos

Morir en Sevilla no sólo es el asesinato que pensó Nogales, sino el desenlace fatal de un suicidio

Después de considerar que, en Sevilla, se contaba con pocas ancianidades venerables y ecuánimes, Chaves Nogales concluyó: "En nuestra ciudad, la muerte es siempre un asesinato". Así pensaba porque, a su juicio, nadie aprendía a morir. Sencillamente, porque pocos sentían haber envejecido y con los más podía una encantadora, además de poco juiciosa, sensación de perpetuidad.

Sin embargo, la salud mental puede cambiar el trágico desenlace del asesinato por el no menos funesto del suicidio. Las Urgencias de Salud Mental del Hospital Virgen del Rocío reciben, cada día, unas cinco personas a las que se les pone bastante cuesta arriba la rutina de vivir. Tenida por lo general esta última, la rutina, no como el modo de hacer las cosas con una práctica adquirida y casi automática, sino como la repetida evidencia de estrenar cada mañana un nuevo día, sea venturoso o esquivo. Casi cien de esas personas que buscan asistencia clínica, junto a otro buen número que no anuncia su desesperación vital ni acude a especialistas médicos para ponerle algún remedio, buscan y dan con la muerte en el frío y pesaroso cómputo de más de ciento cincuenta suicidios que el Instituto Nacional de Estadística registra en Sevilla al año. Más de tres mil, por otra parte, han tenido la intención o le han dado vueltas a la cabeza, sumida en el despropósito, para dejar este mundo. El suicidio, como la locura o, por extensión, la muerte no son asuntos a los que se ponga luz con la normalidad de otras cuestiones significativas del vivir. Por eso el estigma se ceba con los suicidas y éstos, patología aparte, refuerzan su escondido y autodestructivo propósito. Si bien, ocasiones hay, cuando el descontrol de la voluntad atenaza con el miedo, en que el desquicio se anuncia y se repite, de modo que no sólo sea una expresa manifestación de un desengaño o de una contrariedad mayor, acaecido repentinamente y que se agranda sin tregua, sino una llamada de auxilio para que pueda detenerse la oscura y atosigante deriva de quitarse la vida.

Aunque prefiera las edades maduras y avanzadas, el suicido también atrapa a los adolescentes y, después de los accidentes de tráfico, es la segunda causa de muerte entre los jóvenes. Cuenta, asimismo, con la complicidad de la depresión. Ese cuadro tan dado a una generalización inofensiva, incluso a la elegancia distinguida de lo chic, pero que puede tomar el penoso rumbo de un trastorno aniquilante. A la depresión y la ansiedad, emparentadas en la zozobra, lleva también el confinamiento, con distintas forma de psicosis y desvaríos que resultan del encierro, la desorientación, la soledad o la carencia de las saludables y bienhechoras expresiones de afecto. De modo que morir en Sevilla no sólo es el asesinato que trazó el perspicaz Chaves Nogales, sino también el desenlace suicida de una voluntad torcida por el desatino.

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