Visto y oído

Francisco / Andrés / Gallardo

Supermartes

DE regreso por esta columna a Esperanza Sur, las mentes de Aída querían dar a Carmen Machi una despedida tragicómica pero les quedó el remate más cutre de lo que premeditadamente querían. E insisto, al relevo, Miren Ibarguren, se lo zampan entre todos los vecinos, los muy caníbales (televisivamente hablando) y la niña pequeña, Aidíta, la que justificaría ahora el nombre de la serie, es muy sosita. De todas formas parece que Aída no corre peligro ni aunque cambie de día y desmonten a la protagonista.

En una afilada noche de martes, más de lo que él esperaba, Jesús Quintero regresaba con Ratones coloraos en el formato de costumbre y con variantes orgánicas en la ambientación: globos oculares y orejas gigantes rodean, de forma inquietante, la sala de confesión de Jesús. Alegoría sensitiva. En esta temporada (iniciada con un trimestre de retraso), ha incorporado un atril, a lo taburete de Hyde Park, que estrenó con quejíos flamencos los pensamientos de José Caraoscura. A Quintero no se le agota la galería tan extravagante como sorprendente y encantadora. "No quiero traicionarme", proclamaba el onubense en su monólogo final. Él sigue siendo fiel a lo que fue. Y a lo que es. La madriguera de Ratones coloraos es un refugio para el espectador.

En esa misma noche el gran outsider era otro veterano, el Documentos TV de La 2. Ofrecían un reportaje sobre el medio siglo de la tragedia de Ribadelago, cuando estalló una presa del lago de Sanabria en Zamora y se llevó por delante a cientos de aldeanos. El documental trazaba un retrato de la sociedad rural y el franquismo de los 50 y presentaba el tapiz de intereses creados que había tras la infortunada construcción. Todo quedó en nada en favor de los ricos. Si hubiera tenido una narración audiovisual menos plana, ese Documentos TV debería estar al alcance de todos los españoles.

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