Sueños esféricos

Juan Antonio Solís

Surrealismo

AL entrar en la panadería, me cruzo con un cliente que masculla a su pareja: "Este club es surrealista, ganamos doce de doce y quitamos al entrenador...". No hizo falta que el atribulado aficionado precisara la identidad del club. No puede ser otro que el Betis, un ente que tanto en sus días de vino y rosas como en sus tránsitos por el purgatorio mantiene una personalidad arrebatadora. ¿Qué otro club puede prescindir, previo manteo, del gran responsable de que el bético de la calle vaya hoy a comprar el pan con la sonrisa restaurada?

Efectivamente, el universo del Betis está poblado de elefantes de patas larguísimas con obeliscos en el lomo, de paisajes oníricos e imposibles, de relojes derretidos. A Ollero y Alexis se les derritieron los suyos en la muñeca al buscar el relevo de Velázquez, y tanto tiempo han mantenido a un "interino" en el banquillo que el honrado currante de la casa ha mutado, como en una ensoñación daliniana, en un coloso invencible, de puro pedernal. Una de las imágenes recurrentes de Dalí eran los huevos gigantes: que el lector haga la asociación de ideas que le plazca.

Tan único y personal es el universo bético, tan delirante hoy, que no existe la línea del horizonte. Mirar hacia el futuro es toparse con un espejo, revisitar el pasado. O Serra, o Mel. O Mel, o Serra. No cabe nadie más para entrenar al Betis, para sacarlo del cieno.

Merino regresa al filial con el gozo del médico que ha sanado a su misma madre, pero también con la amargura de saber que si vuelve a sonar el teléfono, será por una pésima noticia.

Mel, movido por su amor al escudo y por la ausencia de ofertas tentadoras, salta al cenagal. Ha visto el nivel de la categoría y sabe que su Betis tiene la mejor plantilla. Eso, en un club normal, bastaría. Pero hablamos del Betis y su paisaje onírico, lleno de tigres de largas garras y relojes derretidos. Desde luego, un mundo más propio de Dalí que de... Velázquez.

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