La aldaba

Carlos Navarro Antolín

cnavarro@diariodesevilla.es

Susana de Andalucía, ¿saludaste al subir?

Vigorra le preguntó a la ex presidenta por su lista de enemigos heredados de sus años de poder

Estaba ayer el presidente Moreno en los salones del Hotel Palace, entre zumos de bote y pastitas insípidas, pregonando las bienaventuranzas de Andalucía ante un Pablo Casado con barbita de Nuevas Generaciones para que no lo confundan con Albert Rivera. Estaba por allí una mayoría de andaluces, que ya decía Muñoz Molina que cuando trabajaba en el Instituto Cervantes de Nueva York le llamaba la atención que los presidentes de comunidades autónomas españolas acudían con sus séquitos a presentar sus programas ante periodistas... españoles. La prensa neoyorquina no solía dedicar ni una línea a las ferias de turno. El caso era dar el mangazo de cruzar el charco. Estaba el presidente Moreno en la capital mientras el todopoderoso Elías guardaba la viña andaluza y el lince Arenas, por más que lo buscamos, no fue avistado por el salón capitalino, una estancia que seguro le traería buenos recuerdos del selecto bar de la rotonda donde celebraba las victorias políticas y las sevillistas con fondo de melodía de piano. Por cierto, Pablo Casado le decía el "maestro Arenas" cuando almorzaban todos los lunes tras aquellos maitines presididos por Rajoy. Estaba el presidente Moreno, decíamos, denunciando los millones que perderá Andalucía (libre) cuando Jesús Vigorra entrevistaba a Susana Díaz en los estudios de la Cartuja de Canal Sur Radio. Todo ocurría a la misma vez que diría don Manuel. "¿Usted recuerda hoy aquella frase del papa Francisco? Recomendaba saludar al subir, porque te los encontrarás al bajar". Los pontífices se mueren pontífices, incluso si renuncian al ministerio petrino. Pero muchos políticos, ay, están arriba, se olvidan muy pronto de quienes los auparon, orillan a los críticos, exterminan al antiguo amigo hasta condenarlo al desierto de Almería y después, cuando han perdido la poltrona, se enternecen, les vuelve el tono de voz melifluo, recuerdan con precisión aquellos maravillosos años de amistad que fueron olvidados y les entran unas ganas tremendas de tomar café. Alguien debería hacer una tesis (sin negro) sobre el extraño fenómeno que experimentan ciertos políticos al necesitar cafeína cuando se han quedado sin perol y sin cuchara. Vigorra le cuestionó sobre la enseñanza del argentino que viste de blanco. Y ella, astuta, se escurrió como de costumbre. El fantasma del defenestrado Mario Jiménez sobrevolaba el estudio. Como tantos otros. Decía un viejo teórico de la guerra que no conviene dejar heridos. Consumen agua y alimentos. Algunos conservan demasiados heridos que se recuperan y recuerdan cada día que no fueron saludados cual camarero receloso que cogía las propinas pero que, en el fondo, las consideraba una ofensa.

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