¡Oh, Fabio!

Luis Sánchez-Moliní

lmolini@grupojoly.com

¡Taxi, al hotel!

El taxi debe renovarse y dar un servicio de calidad. Bienvenidos a la competencia. Se acabó la Sevilla cautiva

Hay dos formas especialmente airosas y elegantes de tirar el dinero: vivir en los hoteles y desplazarse a cualquier lado en taxi. A la primera categoría han pertenecido nombres importantes del periodismo y la literatura, como Julio Camba, al que su biógrafo llamó "el solitario del Palace", porque allí vivió y despachó desde 1949 hasta 1962. Solitario y amargado, el autor de En la casa de Lúculo (quizás el libro de cocina más divertido que se ha escrito en español) pasó los últimos años de su vida respirando esa atmósfera entre exquisita e impersonal de los grandes hoteles. Por su parte, en su divertidísimo y canallesco Autorretrato sin retoques, el también periodista y escritor Jesús Pardo cuenta cómo se pulió su herencia viviendo en el Ritz antes de, una vez agotada la caja de caudales, ser expulsado sin piedad a la mala vida madrileña. Perteneciente a la segunda categoría, una vez conocimos a un periodista sevillano que era incapaz de dar un solo paso sin pedir un taxi, ya fuese para ir de Los Monos a La Botella, ya para desplazarse de la Campana a la Alameda (cuando por allí pululaban más travestis que modernos). En este caso, sin embargo, pagaba el editor -lo que quita elegancia al gesto-, quien tiempo después nos confesó su desconcierto ante la taxifilia del susodicho.

Sirvan estos entremeses para hablar de dos negocios, hotel y taxi, que están de rabiosa actualidad, como el glamour choni de Rosalía. Empecemos por el espectacular auge que están viviendo los hoteles en una ciudad que va camino de convertirse en una especie de Las Vegas, pero con bares de tapas y procesiones extraordinarias en vez de casinos y conciertos de crooners amojamados. En los próximos años se abrirán más de una docena de nuevos hoteles en lugares señeros: el desaparecido Banco de Andalucía de la Avenida; la antigua sede de Abengoa de la Buhaira o la aún abierta tienda de la Fnac del centro. Banca, empresa y cultura se humillan ante el nuevo becerro de oro: el turismo. Los cenizos hablan de burbuja. Ya veremos. Por ahora, carpe diem y que arree el que viene detrás.

Por el contrario, el negocio del taxi no vive su mejor momento debido a su incapacidad para comprender que su monopolio se ha acabado con la llegada de los VTC. Pese a la incomprensible y extraña actitud del Ayuntamiento (que, en este asunto, mira más por el bien del sector que por el de los ciudadanos) y a las maneras matonas de una minoría, los sevillanos no están dispuestos a que se les impida la posibilidad de disfrutar de una movilidad más cómoda y económica. Los VTC han llegado para quedarse y bien harían los más retardatarios del taxi en modernizarse y ofrecer un servicio de calidad para sobrevivir. Toca ponerse las pilas. Bienvenidos a la competencia. Adiós a la Sevilla cautiva y desarmada.

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