Visto y Oído

Antonio / Sempere

Telecinco

CADA vez que aludo a Telecinco, un amigo me comenta que las altas instancias gubernamentales deberían fulminar sus emisiones. Amparándose en la ley. No hay atisbo de ironía en las palabras de mi interlocutor, que aplica un lema infalible: a grandes males, grandes remedios. Quien así se expresa descarga en Telecinco buena parte de la culpa de la degradación cultural que sufre nuestro país. Es responsabilidad de los políticos, argumenta, permitir que una programación tan perniciosa pueda entrar en todos los hogares españoles con semejante facilidad. No de la propia emisora, que busca publicidad y para ello necesita darle a la audiencia lo que pide.

Mi amigo, que no ejerce de crítico televisivo, pero posee criterio, inventaría los desatinos que cada día arrojan sus emisiones. Enumera las vergüenzas de sus programas. Y sería capaz de sacar los colores a cualquier directivo de la cadena. Por supuesto que habrá quien no comparta en absoluto sus postulados. Quien argumente justamente lo contrario. Ya saben, eso de que los espectadores somos muy libres de elegir y de sintonizar lo que se nos antoje, y que a nadie obligan a ver algo que considere inoportuno. También habrá quién aluda incluso a la libertad de expresión.

Lo cierto es que Telecinco es el canal generalista más visto de España. En todas las franjas horarias y también en informativos. Y al público parecen traerle al pairo sus malas prácticas. El 2 de mayo, por ejemplo, la cadena de Mediaset no dudó en colocar un reloj a las 9 de la noche señalando que quedaba una hora para el encuentro de Bertín con Fran Rivera.

La cabecera del programa Mi casa es la tuya entró en la emisón de Telecinco a las 22.43. Sólo ellos sabrán la facturación publicitaria de aquella noche. Se podrá estar o no de acuerdo con mi amigo. Pero no le podremos negar la pertinencia de sus apreciaciones.

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