Visto y Oído

francisco / andrés / gallardo

Temporales

CLARO que El Ministerio del tiempo es ciencia ficción: con algunos gobernantes tan lamentables que hemos tenido en estos siglos ese secreto de Estado ya estaría echado a perder hace generaciones o algunos habrían adquirido dinero del pasado para evadirlo en Suiza. Tanta pulcritud en el meollo nacional es imposible. Pero arrancan una sonrisa esos funcionarios destacados en otros tiempos quejándose de que (los actuales gestores) les han quitado la paga de Navidad. O ese Rodolfo Sancho y su enfermero personaje rematando a puerta diciendo ser Curro Jiménez (certero autohomenaje de TVE). Los hermanos Olivares, con ese esfuerzo sobrehumano del fallecido Pablo, juegan con la Historia y han desarrollado una brillante idea convertida en serie, muy española y muy presentable en el extranjero. Arengan a la pura esencia hispana en ese soldado de los tercios generoso, leal y romántico que birla intrigado un libro de Alatriste (otro gran guiño, con lo malísima que es la ficción producida por Telecinco); o en esa universitaria catalana, con lo efectiva que es Aura Garrido, renovadora, rebelde y periférica. Las dos España en sendos personajes, trabajando por un futuro común. Tiene miga el plan fantástico en la mente de los Olivares. Rodolfo Sancho es el héroe decidido a completar su historia de amor truncada y Cayetana Guillén Cuervo podría ser la nueva jefa de James Bond.

TVE ha presentado una ficción insospechada, una propuesta en el prime time bien diferenciada, capaz de cosquillear a los jóvenes e interesar al público más adulto y que llevó al prestigio internacional a Isabel. Lástima de una cadena pública entregada a los patrocinadores y a la mendicidad institucional.

Con un arranque algo opaco y unos personajes que aún requieren de más pinceladas, El Ministerio del tiempo se ha convertido en una excepción, en una ficción que desde el capítulo piloto atisba que tiene mucho recorrido. Y a las cadenas españolas, tan aserranadas hace unos años, se les ha abierto una puerta, a lo Doraemon, abierta a la ciencia ficción de siempre.

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