José García-tapial / y León

Terminar Santa Clara

El autor defiende la necesidad de continuar la restauración del convento para, entre otros aspectos, recuperar los restos del palacio de Don Fadrique y el esplendor de la Sala De Profundis

MI estimado amigo Juan Bosco Díaz-Urmeneta terminaba su crítica, en estas mismas páginas, sobre la exposición de las Santas de Zurbarán con una reflexión sobre el estado del convento de Santa Clara y la urgencia de tomar conciencia de la necesidad de afrontar su completa restauración, antes de que se produjeran pérdidas quizás irreversibles. Para ello sugería la conveniencia de plantear una petición cívica razonada, amplia e intensa, que conmoviera a entidades privadas y públicas para intervenir. Quiero yo, con estas líneas, sumarme a esa iniciativa, aportando además algunas razones para mejor fundamentarla.

El éxito de tan interesante exposición pone de manifiesto las múltiples posibilidades que los espacios de este histórico convento ofrecen como marco de las muy distintas actividades culturales que, desde su feliz recuperación, ha venido albergando. Esperamos con ilusionada impaciencia la anunciada retrospectiva sobre Carmen Laffón que, se nos dice, ocupará, no sólo los dormitorios actualmente acondicionados sino, también, otras dependencias menos conocidas. Y es que, no olvidemos, las salas que se han restaurado significan sólo poco más de la tercera parte de la superficie total del conjunto conventual. Cierto es que corresponden a la parte más valiosa artísticamente, por su claustro renacentista, sus artesonados, azulejerías, esgrafiados y pinturas murales que se localizan en la parte del siglo XVI más próxima a la calle Becas. Pero no podemos olvidarnos del resto de las dependencias que quedan por recuperar, entre las que se encuentran las, históricamente, más valiosas, no solo por ser las más antiguas (de los siglos XIII a XV) sino, sobre todo, por ser parte del semioculto palacio de don Fadrique que aún sobrevive entre sus muros. Gracias a los trabajos arqueológicos efectuados durante la rehabilitación del Convento, dirigidos por los profesores Oliva Muñoz y Tabales Rodríguez, se ha podido conocer con gran exactitud, no solamente la planta y distribución del palacio, sino también identificar gran parte de sus muros, fábricas y fragmentos decorativos que, aún hoy, se mantienen en pié y perfectamente reconocibles, algunos visibles incluso en la parte restaurada del Convento aunque, en su mayoría permanecen en las zonas pendientes de rehabilitar. Cierto es que en estas estancias por descubrir no encontraremos azulejerías renacentistas ni artesonados monumentales, pero sí restos de yeserías de ataurique, albercas islámicas, bandas epigráficas de caracteres góticos, vanos tetralobulados cegados, etcétera, y que todos ellos nos hablan del carácter y decoración del primitivo palacio del Infante. Elementos estos, además, realizados en materiales muy frágiles y perecederos, por lo que requieren una urgente intervención que eviten su degradación y pérdida irreversible. Junto a estas áreas palatinas aún por recuperar quiero llamar la atención sobre una estancia, la más antigua del primitivo cenobio, levantada por la comunidad una vez tomada posesión del palacio a finales del XIII. Se trata de la primera iglesia conventual, reconvertida a principios del XVII en Sala de Profundis y enterramiento.

Esta Sala de Profundis ha llegado hasta nosotros totalmente encalada, salvo la imagen de la Virgen de Rocamador que la preside, pero hay numerosos indicios que nos demuestran que, mientras se utilizó como iglesia conventual, estuvo cubierta de numerosas pinturas murales. Pinturas que acabaron ocultas tras sucesivas capas de cal, bien porque las monjas las consideraran anticuadas o bien porque el repertorio iconográfico existente no se adecuara al nuevo uso mortuorio. Por ejemplo, una Natividad o una Epifanía. Pero todavía es posible, tras los desconchones, advertir la existencia de pinturas de gran interés. Es en el costado de la Epístola donde mejor se aprecian: rostros de ángeles, personajes bíblicos apenas adivinados, fragmentos de paisajes, etcétera. De la extraordinaria calidad que revelan estas pocas muestras aparecidas entre la cal, se puede deducir la importancia y el valor de las pinturas que, presumiblemente, permanecen ocultas. Por los dorados de las aureolas, la "beatitud" de los rostros, la rigidez de los pliegues de las túnicas entrevistas, podríamos situarlas cronológicamente en la transición del románico al gótico, de finales del XIV a mediados del XV, tal vez contemporáneas de algunas existentes en San Isidoro del Campo. En cualquier caso, son pinturas de una época de la que apenas existen muestras en Sevilla.

Esta sala ha sido ya consolidada estructuralmente y asegurada su estanqueidad por lo que podría abordarse ya directamente la restauración de estas pinturas. Hay que tener en cuenta que esta restauración no supone un gran desembolso, que su ejecución es compatible con el normal desarrollo de las actividades del recinto y que, sin embargo, sus resultados son espectaculares, como puede comprobarse con las ya recuperadas en el refectorio y en la planta alta. Al formar parte de un espacio autónomo y accesible desde el claustro restaurado, podría fácilmente plantearse un patrocinio específico con alguna entidad privada para la recuperación integral de estas pinturas.

Como concluía Juan Bosco, serán bien recibidas todas las iniciativas capaces de "conmover" a entidades e instituciones para ayudar a recuperar "este fragmento de la memoria de Sevilla".

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