Postrimerías

Ignacio F. / Garmendia

Tertulianismo

HUBO un político andaluz, ahora dignamente retirado, que solía echarles broncas a los suyos cuando los citaba en los mítines, donde desplegaba una retórica escolar, entre clerical y castrense, cuyos efectos en la parroquia debían de ser bastante desmoralizadores. Subía al estrado con gesto hosco y les decía, os dejáis engañar, infelices, no vayáis luego quejándoos por las esquinas. Puede que los compañeros abroncados pensaran que su presencia en las convocatorias desmentía de hecho la premisa del orador, pero en el castigo autoinfligido había una suerte de extraña o paradójica contrición que de algún modo consolaba de la relativa marginalidad. Ateos o consagrados, los predicadores se han distinguido siempre por hacer sentir a los fieles, incluso si su conducta es irreprochable, que algo malo habrán hecho.

Era el suyo un estilo ya entonces anticuado y por ello mismo entrañable, de una coherencia rocosa, sin concesiones, que recordaba al de los curas que nos sermoneaban en el colegio aunque en nuestra época, recién acabada la dictadura, la mayoría de ellos había cambiado la severa admonición por las maneras melifluas. Es sabido que las ideologías revolucionarias ocuparon en muchas conciencias el lugar de la fe religiosa, igualmente basada en certezas irrebatibles, por lo que no resulta extraño que su discurso se impregnara de conceptos relacionados con la salvación -el paraíso en la tierra- y a la vez pusiera un celo especial en proteger la ortodoxia, frente a las desviaciones encarnadas por los traidores a la causa.

Tal vez fueran ingenuos e intransigentes, como los clérigos a los que habían sustituido, pero al menos los austeros rojos de antaño no se dedicaban a halagar a una militancia, curtida en la clandestinidad, que habría merecido muchos elogios -sin salirnos del léxico marcial o eclesiástico- por su probada capacidad de sacrificio. No puede ser más acusado el contraste entre la sobriedad de los predecesores, con su apariencia de abnegados santones y su admirable desdén por la mercadotecnia, y la desenvoltura mediática de quienes ahora, encantados de conocerse, aspiran a ocupar el espacio de lo que llaman vieja izquierda. Los tiempos han cambiado y no sería justo reprocharles sólo a ellos una banalización de las formas que ha afectado a los portavoces de todo el arco político, pero es seguro que algunos de sus simpatizantes o votantes potenciales -y no sólo los nostálgicos o los muy veteranos- agradecerían que no se dirigieran a ellos con el tono insufrible de los tertulianos de la tele.

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