Postrimerías

Ignacio F. / Garmendia

Tiempo, oro

PUEDE parecer frívolo defender el ocio en una sociedad con altas tasas de desempleo, pero las recetas que proponen quienes abogan por la laboriosidad sin límites como único remedio para salir del hoyo -ahí seguimos, digan lo que digan las cifras- obligan a precisar que no todos estamos dispuestos a sacrificarlo todo. Nuestro problema, se oye a menudo, viene de la proverbial desidia, de acuerdo con el tópico que nos retrata o caricaturiza como sureños perezosos o apáticos, aferrados como garrapatas a las ayudas que financian las regiones más dinámicas, pero no se trata aquí de una cuestión política o económica sino de elegir -en tanto que individuos de cualquier territorio- el modo de vida que consideremos más acorde a nuestras aspiraciones, que pueden no coincidir con las que se presentan como ejemplares.

Hay algo detestable en quienes presumen de trabajar como mulos, cuando lo sensato o incluso lo decente es no hacerlo más de lo debido o sólo para cubrir las necesidades elementales -cuáles sean o de qué género, lo decide cada uno- entre las que se cuentan muchas cosas importantes que no se adquieren con dinero. Los anglohablantes inventaron una palabra contrahecha, workaholic, para designar el esforzado desvarío de los adictos al trabajo, pero no es necesario recurrir a tecnicismos horrísonos para describir una manía que ahora se celebra como virtud, cuando quienes la padecen -que no son sólo ellos, como sucede con todas las adicciones- no pasan de ser unos desgraciados. La molicie embrutece, pero no más que el exceso de carga. Y puestos a vivir como bestias, sería preferible no atarse al molino.

La mal llamada indolencia, escribe el siempre luminoso Stevenson, "no consiste en no hacer nada, sino en hacer mucho de lo que no está recogido en los dogmáticos formularios de las clases dirigentes". Se empeñan en hacernos creer que sólo saldremos adelante si nos dejamos la piel, pero ésta hay que emplearla, también, en faenas placenteras o no necesariamente rentables, pues de otro modo nos convertiremos en seres mortecinos, enfadosos, nocivos. Las demasiadas ocupaciones, continúa el escocés, son síntoma de una vitalidad deficiente e implican el abandono de experiencias fundamentales cuyos beneficios trascienden la esfera personal. No todas las actividades son productivas y lo que los obsesos del rendimiento llaman perder el tiempo -oro, en efecto, no reducible a moneda- puede ser una forma de ganarlo.

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