la tribuna

José Manuel Aguilar Cuenca

Tiempos modernos

VIVIMOS en una etapa histórica apasionante. Hemos superado un periodo cuya principal característica ha sido la delusión universal, fruto de la magia de la hiperconexión mundial, para sumergirnos en una época en donde lo concreto está tomando protagonismo.

Como periodo histórico lleno de incertidumbre, el ser humano ha vuelto su mirada a ideas que el encantamiento de la farsa había dejado de lado, cuando no denostado hasta la raíz. De hacer dinero rápido y fácil a la necesidad de formación. Del todoterreno que consume decenas de litros de combustible a la sencilla máquina que nos lleve de un lado para otro de forma segura y económica.

La mala gestión de los gobiernos, la connivencia de las agencias de valoración, la voracidad de los bancos, pero también la complicidad de los ciudadanos, han reventado el modelo social que estábamos disfrutando los habitantes de los países desarrollados.

De todo lo anterior, y de lo que ocurra en los próximos meses, podemos sacar lecciones impagables. Las mentiras del Gobierno saliente, elecciones mediante, nos ha enseñado que el relato controla la conducta. Bastó que el relato concordara con aquello que queríamos escuchar para darlo por cierto, aun con la evidencia en contra de la realidad de la crisis. No nos gustan los relatos que no concuerdan con lo esperable, lo deseado o que no se ajuste a nuestro ideario personal, bien político, bien económico o moral. Tanto es así que, ahora que parece que el cambio de gobierno es inevitable, usted va a comprobar que aquellos que no comulgan con él no van a reconocer la necesidad de cambio, sino que le contestarán con frases del tipo: ¿Qué te crees? ¿Que éste lo va a hacer mejor? ¡Si son todos iguales! En una sociedad como la nuestra, preñada de Españas enfrentadas, no hay que dar la más mínima confianza al opuesto, aun cuando los nuestros nos hayan llevado al abismo.

Otra lección que podríamos aplicarnos es pensar que muchas de nuestras expresiones están desfasadas, al corresponder a un mundo que ya no existe. Ya no podemos decir aquello de "trabajaré en lo que me salga", porque ahora no nos queda más remedio que trabajar en lo que nosotros inventemos. Esto es, o nos convertimos en mejores profesionales, reinventándonos, mejores medios de comunicación, reinventándonos, mejores comerciantes, reinventándonos, o desapareceremos, porque el mundo ya no nos espera, nosotros debemos ir al mundo a ofrecerle la diferencia que haga que nos compren, nos tengan en consideración y permita que participemos en su diario. O inventamos objetos o servicios que ofrezcan una diferencia en calidad, precio o novedad, o seremos uno más luchando en un mercado global mermado por la recesión económica.

Todo lo anterior se tiene que enfrentar a un serio obstáculo. El ciudadano tiene dificultad para captar la información real. Mantiene el vicio de darla por sentado, bien una realidad wikipédica, bien televisiva. Esto trae como consecuencia una severa incapacidad para cambiar los pensamientos, debido a la hipertrofia de las creencias, como hemos señalado antes, y a la innata tendencia a la comodidad cognitiva o física. Aquellos cuyas representaciones del mundo no varíen, los que no entienden que este es el mundo, que no debemos esperar a que el año que viene, o al otro, o al otro, la cosa va a cambiar, que lo que hay es lo que va a haber porque todo ha cambiado, porque el mundo en donde habitan ya no existe, están abocados a la extinción.

Entiendo que vivir en el borde, donde una y otra vez atravesamos los límites de las creencias preestablecidas y ya caducas, genera incertidumbre, pero eso es lo que tenemos. Ésta es nuestra época y nada indica que vaya a cambiar en años. Si lo aceptamos y dentro de su marco trabajamos, mejor preparados estaremos para salir adelante. Ha llegado el momento incómodo de asumir que el futuro está en nuestras manos, que debo cambiar mi comercio si no quiero ser engullido por los productos asiáticos contra los que no puedo competir o que debo ofrecer en mi despacho una atención personalizada, novedosa y formada a mi cliente, si no quiero que se levante de la silla en pos de un servicio telefónico que le promete resolver sus problemas de forma más barata. Todo está por hacer, pero ahora nos toca a nosotros inventarlo.

Nos quedan muchos cambios aún, luchas que podrían llenar el ideario de un partido político o, mejor, un movimiento ciudadano, ahora que ya la mayoría ha entendido que aquéllos son el problema. Si comprendemos que hemos pasado del Estado de bienestar al bienestar del Estado (es decir, de la casta que dice representarnos), si reflexionáramos sobre que el derecho más importante en una sociedad avanzada no es la igualdad, sino el derecho a la diferencia, tal vez comenzara a tener sentido para muchos el derecho y deber de votar en unas elecciones, de implicarse en la vida pública, de señalar a aquel que ensucia nuestro día a día con sus mentiras.

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