Postrimerías

Ignacio F. / Garmendia

Tierra nuestra

QUÉ cosa sea la identidad andaluza, si es que tal identidad existe como una provincia separada de la comunidad natural que conforman los pueblos hispánicos o ibéricos, parece algo difícil de precisar y quienes reclaman la diferencia apenas pueden citar peculiaridades que vayan más allá del acento -los acentos- o el folclore, convertidos en señas distintivas por las autoridades regionales, sus altavoces mediáticos y los antropólogos de andar por casa. Hay una historia compartida, con sus grandezas y sus miserias, o una maravillosa tradición literaria -en su vertiente culta o popular, secretamente entrelazadas- que llega hasta hoy mismo, pero ambas forman parte de un ámbito mayor sin el que Andalucía -como el resto de los territorios de la península, al margen de las singularidades respectivas- no se entendería cabalmente.

La conciencia de este sustrato común, evidente para cualquiera que no haya contraído el virus nacionalista, no se opone a la idea de pertenencia ni por supuesto al grado de afecto que uno pueda sentir hacia los lugares y las gentes del pueblo, la ciudad, la comarca o la región en la que haya nacido, igualmente vinculada, en el caso de los andaluces, a muchas otras tierras ribereñas -no sólo las europeas- del mar que los latinos llamaron suyo. O también, por el occidente, a los hermanos transoceánicos de América. Frente a ese vasto mapa de afinidades que surge de las raíces inmediatas pero se extiende en múltiples direcciones, la insistencia en las particularidades sólo puede conducir a una autocomplacencia ramplona, reduccionista y fundamentalmente acrítica, aunque guste de adornarse con tonos reivindicativos.

Por más que se empeñen en celebrarla todos los años, la épica del Estatuto nos deja a algunos andaluces más bien indiferentes, no tanto porque nos parezca la de su aprobación una fecha indigna de recuerdo como por el fervor institucional que la acompaña. La bandera, el himno -volver a ser lo que fuimos, ¿cuándo?- y en general toda la liturgia autonómica no dice más de Andalucía que los azarosos símbolos, casi siempre relativamente recientes en términos históricos, de cualquier patria. Las medallas, los hijos predilectos, todo el ceremonial tiene un aire empalagoso como de juegos florales, en los que no pueden faltar las loas a la patrona. Esta tierra es tuya, dicen los de la Junta, sugiriendo que unos desaprensivos nos la pueden quitar en cualquier momento. Libre la queremos, como decía el poeta, pero no tan nuestra.

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