¡Oh, Fabio!

Luis Sánchez-Moliní

lmolini@grupojoly.com

Entre Toulouse y Marrakech

Nadie necesita pasear por la calle Betis cuando su mundo se derrumba. Eso deberíamos haberlo aprendido ya

Al igual que la Grand Guerre llenó los casinos y cafés españoles de germanófilos y aliadófilos, la Sevilla contemporánea es un bullir de turismófilos y turismófobos, más algún que otro equidistante que siempre pone cara de hombre muy vivido y por encima de las pasiones humanas. Que el turismo es un sector imprescindible para una ciudad que se acerca más al modelo de la servicial Marrakech que al de la aeronáutica Toulouse es una evidencia, por mucho que le duela a nuestro geoestratégico alcalde. Pero también lo es que la pandemia del coronavirus ha vuelto a demostrar que la industria turística es por naturaleza mobile, como las mujeres y las plumas al viento, según la bella y heteropatriarcal aria de Rigoletto. El problema, por tanto, no es tanto la actual peste del coronavirus que tarde o temprano se difuminará, sino los muchos otros vaivenes que sufrirá el mundo en las próximas décadas: una nueva pandemia de alguna bacteria selvática, un conflicto aeronaval en el Pacífico, un cierre de los Pirineos por alguna debacle comunitaria, un ataque masivo a los sistemas informáticos de los aeropuertos… El turista, tal el Íbex o el Nasdaq, es miedoso y quisquilloso por naturaleza, y más lo será en este mundo que, de repente, ha regresado a su vieja condición de inestable e impredecible, como cuando un inocente cometa desataba una crisis milenarista allá por el alto Medievo. Nadie necesita pasear por el Gran Canal de Venecia o por la calle Betis cuando su mundo se derrumba. Esa lección deberíamos haberla aprendido ya.

El turismo, hoy por hoy, sigue siendo muy necesario para Sevilla, pero los esfuerzos de la ciudad no deberían centrarse en cómo aumentarlo, sino en cómo reformarlo de manera que sea una pieza más, aunque importante, del puzle económico, no la única. Sin embargo, todas las señales de humo indican lo contrario. Como ejemplo más palpable, el parque de hoteles, incluso con la pandemia aún en marcha, sigue creciendo de forma alarmante y alguno ya se permite el lujo de tirar de la chequera para que se le reformen las plazas históricas a su gusto y conveniencia (sí, hablamos de la Magdalena). El paisaje social ruinoso que dejará el virus no hará ningún bien en este sentido. Nos obligará a la mirada cortoplacista, a contentarnos con cualquier propina. Olvídense del modelo aeronáutico a lo Toulouse predicado por Espadas y recuerden el de Marrakech, la turística "puerta del desierto". Es más fácil y barato de montar. Ése es el futuro más probable. ¿Pesimista? Quizás, pero estamos deseando equivocarnos.

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