Fragmentos

Juan Ruesga Navarro

Trujillo

ESTE fin de semana he estado en Trujillo, la magnífica ciudad extremeña. Siempre es buen momento para volver a disfrutar de su arquitectura y del trato de sus gentes. En esta ocasión acudí a la Feria del Queso. Maravillosa excusa y un disfrute para los sentidos. El mercado estaba situado en la Plaza Mayor, presidida como saben por la escultura de Francisco de Pizarro, obra del escultor norteamericano Rumsey. El impactante monumento sobresalía por encima de puestos y carpas, para que no se pierda el carácter de la plaza. Más de doscientos puestos de artesanos queseros de España, Portugal y Francia. Y en cada mostrador, al menos dos, tres, diez o más variedades diferentes de sus productos. Una delicada escenografía, ante la que desfilan, como en un espectáculo medieval, cientos, miles de personas venidas de distintos lugares.

Naturalmente cumplimos con el rito, probando y comprando. Todos los artesanos contestan a las preguntas, a las dudas. Es un momento difícil en la economía, pero por 1 euro se pueden probar un par de quesos. Me comentan que son más de cien mil degustaciones las que se pueden producir en un buen día del fin de semana. Hablar de Extremadura y quesos es pensar en la Torta del Casar y en general en los quesos de oveja. Pero hay más, mucho más. Queseros extremeños, asturianos, cántabros, gallegos y aragoneses y de otros lugares. Ellos mismos al frente de la venta. Son los que hacen, comunican y venden. Directo. Eficaz. La fórmula tiene éxito y en las palabras de los vendedores se aprecia que les tiene a cuenta el desplazamiento y el esfuerzo de estos cinco días. También los bares y restaurantes de la plaza están contentos, porque una vez que se despierta el apetito, hay que saciar la sed y completar el almuerzo. En las calles que confluyen a la Plaza, confiterías nos muestran surtidos de dulces populares y más sofisticados. Un dulce al final siempre viene bien.

Una feria en la que trasciende la sencillez, pero donde se puede apreciar la buena organización. Romper el ensimismamiento, competir con productos de otros lugares, con otras variedades, no cabe duda que le dará a los quesos extremeños mayor trascendencia. Así es el mundo actual: los valores artesanales, el control de calidad son la base, pero hay que comunicar y competir. Darse a conocer. Y como complemento, un concurso de cata, para premiar a los mejores quesos que han concurrido. Tuve el privilegio de ser invitado a formar parte de una de las mesas de cata. Naturalmente cata a ciegas, con baremos muy estudiados y gran seriedad en todo el procedimiento. Los ganadores saben que durante un año al menos, sus quesos van a ser buscados y van a tener un fuerte tirón comercial. Como no podía ser menos, las catas se celebraban en el refectorio de un antiguo convento. Una nave sobria de cañón, con la piedra desnuda, favorecía recogimiento y la temperatura adecuada.

Me gusta ver que a partir de la tradición se puede progresar, en calidad y en productividad económica, con talento, esfuerzo y dedicación. Enhorabuena a Trujillo y a todos su habitantes. Creo que hay que tomar nota.

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