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Cuarto de Muestras

Turismo pobre

Viajamos como vivimos, de forma pobre y precipitada. No es cuestión de tasas, es cuestión de respeto, de amor

Andan tratando imponer una tasa turística en Sevilla y en la Comunidad Valenciana al modo de otras ciudades europeas o de Cataluña y Baleares, que ya la tienen. Aseguran que la tasa persigue obtener fondos con los que conservar lo que los forasteros disfrutan. La idea es un tanto ingenua porque la mejor manera de conservar una ciudad es cuidarla y que tanto sus nativos como sus visitantes sean gente civilizada y no tártaros. Hay destinos, como Magaluf, en el que habría que pagarles a los que vienen para que no lo hicieran, que se emborracharan en su casa y los cuidaran en sus hospitales después de tirarse por los balcones. Lo peor o lo inevitable es que se trata de un turismo barato que viene, precisamente, por eso y a eso, a hacer el salvaje. Poco se evita cobrándole una cantidad irrisoria por la tasa turística para el daño que hacen, el coste que supone y la imagen que dan.

Por esta razón, más que una tasa, yo enseñaría el respeto al turista y a la ciudad por parte de todos. Ello obliga a enseñar de verdad una ciudad como Sevilla hasta hacer que el viajero deje su alma en ella, que la sienta. Que se vea obligado a volver una y otra vez. Que tenga la necesidad de enseñarla él mismo como cosa propia porque se le ha quedado dentro. Desterrar tanto negocio feo y anodino que desmerece a la ciudad y al visitante, que no es ganado. Que Sevilla vuelva a ser un referente de belleza y autenticidad, no una caricatura de sí misma ni un tópico tristemente invadido.

Ahora bien, el turista debe estar a la altura de la ciudad que visita y debe respetarla. El que venga a destrozar por dos céntimos, que se quede en su casa, no interesa. España tiene tanto que ofrecer que puede descartar al turista que sólo quiere emborracharse. Ese negocio no es negocio. No es cuestión de cantidad sino de calidad.

Los museos alardean de número de visitantes, los hoteles de nivel de ocupación, las terrazas invaden las calles y las ciudades compiten como destino turístico porque se han convertido en un bien de consumo más. Viajamos como vivimos, de forma pobre y precipitada. Pero nuestras ciudades no deben ser invadidas sino conquistadas por quienes de verdad se las merezcan. Empecemos por merecérnoslas nosotros mismos. No es cuestión de tasas, es cuestión de respeto, de amor.

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