La tribuna

Jose Manuel Aguilar Cuenca

'Turning point'

La elasticidad de nuestra sociedad a la hora de aceptar en su seno agresiones, injusticias, arbitrariedades y dobles raseros es tan inmensurable, que no deja de sorprender. No acababa de acostumbrarse a que se le mienta diariamente de la forma más burda, cuando ya ha comenzado a tragarse -con el silencio omiso- que con su dinero se ayude a aquellos cuya codicia han construido la debacle económica que contemplamos.

Tan sólo unos días después de que se rechazara, únicamente por una pirueta de la política, la jornada laboral de sesenta y cinco horas, se está discutiendo cómo ayudar a empresas que, por dejar de ganar, despiden a miles de trabajadores a la calle, en una oportunista estrategia que esquiva el hecho de que fueron ayudas públicas, una vez más de bolsillos exhaustos como el suyo, las que las apoyaron cuando se establecieron.

Esa elasticidad parece que en algunos sitios comienza a llegar al punto decisivo, el umbral de saturación para unos, la masa crítica o el turning point anglosajón. Si observamos las movilizaciones de los jóvenes griegos, podemos ver cómo la sociedad civil organiza su comportamiento en estos momentos. Por un lado, comprobamos cómo la desesperación o la precariedad de unos salarios que no alcanzan los mil euros ha generado una respuesta violenta, alejada de contenidos ideológicos de mayos añosos. Esta respuesta no parece querer tanto ofrecer alternativas, descubrir playas bajo los adoquines o respuestas creativas a problemas cotidianos, como oponerse, enfrentarse y destruir, en una furia ciega que no discrimina a quien agrade. Si nos planteamos qué puede estar provocando todo esto podríamos comprobar que la falta de identificación con políticos que no les hablan a ellos, de instituciones -universidad, iglesia, partidos- que no sienten que les representen, está en la base de esa respuesta. Muchos de estos jóvenes se sienten marginados, están convencidos de que no se les toma en consideración más allá que como sujetos que consumen y, por tanto, útiles para una rueda que nos ha llevado al lugar en el que nos encontramos. Junto a lo anterior, tal vez lo más peligroso, por ser el motor de decisiones con una falta de razonamiento total, es la falta de perspectivas. No alcanzar a ver el final del túnel, junto con no tener nada que perder, provoca que la única vía de escape del sujeto sea la huida hacia delante, sin que las consecuencias que tal conducta pueda traer sean un obstáculo a considerar.

A despecho de aquellos que opinan que es el dinero, el sexo o el poder, creo que es la esperanza lo que mueve el mundo, que bien puede adoptar la forma de glotonería por un mundo mejor o la de avaricia por tener más. Sin embargo, tal necesidad tiene sus inconvenientes. El más llamativo de ellos es que ese anhelo nos hace correr riesgos increíbles, ya que nuestra búsqueda de la ilusión siempre está dispuesta a destruir el pensamiento más cabal. El escándalo económico Madoff, una estafa piramidal de talla ecuménica, es el ejemplo más reciente de lo estoy hablando, una ilusión sólo frenada por haber alcanzado su turning point particular. Dos artículos anunciaron el fraude hace años. En 2005 el estudio de un broker de la competencia fue más allá, arriesgando el tamaño y la modalidad de la estafa. A día de hoy no sorprende tanto lo increíble de la exactitud de las cifras que dio, como el hecho de que nadie quiso darse por aludido, nadie quiso aceptar que era imposible que ese estafador siempre lograra beneficios, aún en tiempo de estallido de la burbuja tecnológica o crisis del petróleo.

Tras todo esto está el propio funcionamiento del ser humano. Está en nuestra naturaleza cambiar aquello que nos incomoda, hasta volverlo de nuestro agrado, sin que la ausencia total de conexión con la realidad nos cause trastorno alguno. El estudio de la conducta humana lleva entreteniéndose en ello desde hace décadas. En ello se basan las ideologías cuando nos muestran el mundo desde un enfoque, escamoteándonos el resto, la publicidad o la religión. En los últimos años incluso la ciencia está cayendo en esta trampa, haciendo que sus asertos tengan que ser actos de fe que, de no ser asumidos, arrastran el castigo del ostracismo.

Aprovechar los huecos de esa debilidad es la gran herramienta que utilizan todos aquellos que buscan plegarnos a sus intereses. De esta forma, la capacidad de autoengaño del ser humano es el yunque donde los diletantes a gurú - bien político, bien económico- golpean. Así somos, y nada parece ser suficiente para hacernos cambiar. Ni tan siquiera la realidad. A fin de cuentas, y como siempre ha dicho la única sabiduría que resiste el embate de la tecnología, soñaba el ciego que veía, y soñaba lo que quería. Ciegos todos.

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