La tribuna

nacho Asenjo

La UE, eterna ausente en Oriente Próximo

EN los debates actuales sobre la reacción del mundo occidental ante la fatal evolución de los conflictos en Siria y Egipto, muchos echamos de menos a un actor que, en principio, quisiéramos ver jugando un papel esencial: la Unión Europea.

Cuando las cosas se ponen realmente serias, como está ocurriendo actualmente en torno a la cuestión siria, volvemos a la escala nacional y seguimos las votaciones en la Cámara de los Comunes, las conversaciones en torno al Eliseo y las declaraciones de Angela Merkel. Y es que en política exterior el debate nacional sigue reinando: por mucho que Europa se haya construido precisamente para terminar con la recurrente "guerra civil europea", la experiencia que ha tenido de la guerra cada nación es tan distinta que marca su percepción de su papel en el mundo. Francia e Inglaterra se ven como naciones vencedoras y creen en las intervenciones militares. Alemania, en cambio, arrastra una relación traumática con el concepto de uso de la fuerza. Otros países que hemos vivido regímenes dictatoriales, como España, Italia, Portugal o Grecia, también tenemos un reflejo pacifista extremadamente arraigado. Estas características nacionales, añadidas a consideraciones estratégicas, han creado en la UE divisiones internas sobre todos los conflictos recientes, en particular Libia y Malí. Puede que algún día la construcción europea permita superar estas profundas divisiones nacionales, pero lo cierto es que parece difícil, en buena medida por razones de índole electoral.

Esas son las verdaderas razones por las que la política exterior europea no acaba de arrancar. Soy muy poco receptivo a los razonamientos que achacan a la falta de carisma o a la incompetencia de la Alta Representante de la UE, la inglesa Catherine Ashton, las debilidades de esta política. Mucha gente cree que un Alto Representante más atrevido y carismático conseguiría más avances, supongo que usando los medios de comunicación para atribuir a la UE posiciones contra las que los estados miembros no podrían manifestarse públicamente. Pero, si lo hiciera, perdería la confianza de los mismos ministros a los que luego tiene que convencer para adoptar posiciones comunes que le den la base legal para realmente actuar, más allá de la retórica. Se trata de una figura sin verdadera autonomía, atrapada en un laberinto diplomático.

Y sin embargo, si rascamos por debajo de los titulares, podemos comprobar que recientemente se han dado grandes pasos hacia la formación de una idea clara de cómo debe intervenir la UE a nivel internacional. En un interesante análisis, la especialista en los sistemas de sanciones de la Unión europea Clara Portela demuestra que el conflicto sirio ha forzado a la UE a dar un salto cualitativo en su política de sanciones. Antes del caso sirio, la UE expandía sus sanciones muy gradualmente, rara vez se dirigía directamente a personas y casi nunca se arriesgaba a dañar los intereses comerciales de la propia UE, a excepción del sector armamentístico. Las sanciones contra el régimen sirio, adoptadas en 2012, han cortado importaciones de crudo sirio por 3.000 millones de euros y préstamos del Banco Europeo de Inversiones de 1.300 millones. Además de incluir acciones dirigidas contra altos cargos del régimen, estas sanciones están coordinadas con las de Estados Unidos, lo cual refuerza su eficacia.

En el caso egipcio, tras las violentas consecuencias del reciente golpe de Estado, la UE también se ha puesto de acuerdo, esta vez en no aplicar sanciones. El ex secretario de Estado de Presidencia con Zapatero, el malagueño Bernardino León, es ahora enviado especial de la UE para el Mediterráneo Sur y ha conseguido que los Estados Miembros acepten su propuesta de no emitir sanciones contra Egipto para así poder seguir ejerciendo un papel de intermediario entre las partes en conflicto.

Son avances modestos, sin duda, y a alguno le parecerán irrisorios, pero la Unión Europea siempre se ha construido así, paso a paso. La UE se perfila en Oriente Próximo como un actor que busca ante todo favorecer salidas dialogadas a las crisis antes de que sean realmente violentas, pero que no duda en adoptar un régimen completo de sanciones llegado el momento adecuado. Por ahora, no hay que soñar con posiciones comunes sobre las intervenciones militares ni esperar que una política exterior común sirva para satisfacer nuestras concepciones personales sobre el Bien y el Mal. No pretendo ser un realista maquiavélico, pero lo cierto es que estos conflictos son de una gran complejidad y muchas veces, como opinión pública, nos dejamos arrastrar por el circo mediático y empujamos a nuestros gobernantes hacia decisiones cuyas consecuencias somos incapaces de prever.

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