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Las dos orillas

José Joaquín León

Última muerte de Javierre

JOSÉ María Javierre era algo más que un cura. También era un periodista. Pero era algo más que un periodista. También era un cura. Esta mezcla suele ser explosiva y casi nunca se da, o no se da bien del todo. En Javierre se daba estupendamente, porque era un cura de los que brindan testimonio con su vida y un periodista que nunca se dejó llevar por la parcialidad. Si la Iglesia Católica tuviera muchos periodistas como Javierre seguramente le iría de otra manera a la hora de comunicar, y si los medios de comunicación tuvieran tan sólo algún cura como él seguramente algunos mensajes serían más comprensibles, más auténticos.

José María Javierre fue así una persona ejemplar, por lo raro del personaje, en el sentido de que es rarísimo que haya personalidades así, salen muy pocas. Javierre tenía unas virtudes que escasean y un compromiso cristiano que le fluía con naturalidad, sin ningún esfuerzo. Por eso fue como fue. Por eso le pasó lo que le pasó. Por eso tuvo sus momentos de gloria y también unos años que pasó discretamente donde duerme el olvido. Quizá era un hombre que sabía demasiado, lo que no saben otros, y lo que otros saben que él sabía, pero nunca lo dijo, porque también era discreto y guardaba los secretos, no sólo los de confesión.

Javierre hizo muchas cosas por Sevilla, que quizá nunca supo entenderlo del todo. Para la Iglesia fue muy importante, fue el mejor comunicador a través de sus programas de televisión en unos tiempos de cambios. Para el periodismo también lo fue, en el difícil intento de dirigir El Correo de Andalucía en unos años en los que todavía pertenecía a la Iglesia, pero no tenía nada claro su rumbo. Para la ciudad era un lujo contar con un personaje así, demasiado lujo quizá, él tan sin apego a las vanidades.

Siendo cura y periodista tenía casi todas las papeletas en el sorteo para ser designado alguna vez como pregonero de la Semana Santa. Javierre sorprendió con un pregón personalísimo y atípico, en el que incluso hizo reír al público con La Canina, tras muchos años de formalidades, o al contar sus anecdóticos paseos cofrades en un Seat 600 con Camilo Olivares. A algunos aquel pregón de Javierre les pareció como una conferencia, porque no cayó en los vacíos de una retórica que no sentía.

En los últimos años, Javierre fue muerto de palabra en varias ocasiones. Se decía que se estaba muriendo. Pero no se moría. Pasaban los años... Y Javierre se estaba muriendo, pero no se moría. Así una vez tras otra, como un cuento que se repite. Así entendimos que Javierre era un ser para la eternidad, que en verdad nunca se moriría. Por eso ahora, a los 85 años, cuando dicen que le ha llegado su última muerte, sabemos que sigue vivo, más allá del tiempo.

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