Antonio montero alcaide

Escritor

Última voluntad real

Una última voluntad sevillana del rey Pedro I se cumplió medio milenio después, pasada por agua

En los primeros días del año 1877, unas lluvias torrenciales provocaron grandes avenidas del río Guadalquivir, que mantuvieron inundada la ciudad durante varias jornadas. Efectos hubo desastrosos, pero asimismo uno singular e histórico: la custodia improvisada de los restos del rey Pedro I en la estación de ferrocarril Sevilla-Córdoba, adonde habían llegado desde Madrid. Meses antes, el 17 de agosto de 1876, Manuel Sánchez Silva, diputado a Cortes y senador, había publicado, en el periódico sevillano El Liberal, un artículo en el que, como asunto principal y después de algunos antecedentes históricos, afirmaba que "Sevilla cometería la mayor ingratitud dando al olvido la última voluntad de D. Pedro. Sevilla es la legítima heredera de sus restos y tiene cumplido derecho para reclamarlos". Pedro I había muerto más de medio milenio antes, en 1369, decapitado tras una lucha atropellada y desigual con su hermanastro Enrique II. Cuentan las crónicas que así ocurrió en Montiel y los restos del rey, recogida la cabeza que pudo rodar por las calles y ser clavada en una piqueta -como se acostumbraba para dar cuenta de la muerte y afligir a los leales-, se enterraron en la iglesia de Santiago, de la localidad de Puebla de Alcocer (Badajoz). Allí permaneció hasta que Constanza de Castilla, nieta de Pedro I, pidió al rey Juan II trasladar los restos de su abuelo al convento de Santo Domingo el Real, de Madrid, del que era priora. Tal se hizo en 1444, y los restos del rey quedaron en un sarcófago de mármol. Transcurridos más de cuatro siglos, en 1868, por el derrumbe del convento tras los levantamientos revolucionarios, los huesos del rey se llevan al Museo Arqueológico Nacional, de Madrid. Llegaron a estar en un Gabinete de Curiosidades, guardados un arca cerrada, con el cráneo encima, sobre en un cojín de terciopelo azul, cubierto con un fanal. Hasta que cráneo y huesos permanecieron en el arca un tanto arrinconados por la indiferencia y el olvido, según se queja Sánchez Silva. Un día después de publicado su artículo, se reúne el Cabildo del Ayuntamiento de Sevilla y acuerda pedir al Ministro de Fomento el traslado de los huesos de rey a la Catedral de Sevilla. En octubre se recibe la conformidad y el Ayuntamiento comisiona a otro diputado a Cortes, Gonzalo Segovia y Ardizone, para que reciba y custodie los restos que llegan a la Sevilla inundada.

En el testamento del rey don Pedro, hecho en Sevilla el 18 de noviembre de 1362, disponía que su cuerpo fuera traído a Sevilla y enterrado en la capilla nueva que entonces mandó hacer, junto a los restos de su mujer, María de Padilla. Esta última voluntad no solo tardó más de cinco siglos en cumplirse, sino que, llegados los restos del rey a Sevilla, los actos previstos para su recepción hubieron de suspenderse por las lluvias torrenciales. Hasta que el 15 de febrero de 1877 se exhibe en la catedral la arqueta forrada de terciopelo morado, con cantoneras de metal y cerrada con candado. Última voluntad real cumplida medio milenio después y pasada por agua.

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