editorial

Estados Unidos mata a Ben Laden

BARACK Obama anunció en la madrugada de ayer, hora española, la muerte de Osama ben Laden en el asalto por fuerzas especiales USA de la mansión en que habitaba cerca de la capital de Pakistán. La noticia fue seguida de una explosión de júbilo en Estados Unidos, que había convertido la venganza por los atentados de las Torres Gemelas en una obsesión nacional, y de un alivio general en el mundo, con la excepción de los sectores identificados con la causa del islamismo radical que lideraba Ben Laden. Lo que no pudo conseguir el presidente Bush en aplicación de su errónea doctrina de la guerra preventiva contra el terrorismo internacional, así en Iraq como en Afganistán, lo ha logrado, a los diez años del 11-S, el presidente Obama mediante una operación de guerra sucia directamente orientada a matar al enemigo público número uno, cuyo cadáver se ha hecho desaparecer de inmediato en el mar. Indudablemente el mundo está más seguro desde la madrugada de ayer, una vez desaparecido el autor intelectual de las matanzas más crueles y masivas de inocentes ejecutadas al amparo de la yihad islamista. Eso no quiere decir que el mundo occidental -cristianos, cruzados, imperialistas y sionistas, en la terminología de Al Qaeda- pueda respirar tranquilo y sentirse libre de la vesania del terror que sólo en Nueva York provocó tres mil muertes en septiembre de 2001. Al Qaeda funciona como una especie de franquicia a base de células autónomas unidas por el odio al mundo libre, pero carentes de una estructura piramidal organizada que permita su detección y captura de manera total. Ésta es la razón por la que todos los líderes del mundo occidental, que han felicitado a Obama por la contundente acción en territorio paquistaní, han adoptado medidas de alerta para prevenir la reacción de Al Qaeda en forma de atentado, como venganza y como aviso de pervivencia. La muerte de Ben Laden ha golpeado duramente al terrorismo islamista. Pero no ha acabado con la hidra de las incontables cabezas.

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