Tribuna económica

Gumersindo / Ruiz

Utilidad del regalo

HACE cuatro años escribí un artículo titulado Teoría del regalo en el que, a propósito del mercado de segunda mano por internet, donde la gente vendía cosas que le habían regalado, trataba de ver si el regalo es realmente apreciado por lo que cuesta o la valoración que se hace del mismo es, como suele ocurrir, inferior al precio. Joel Waldfogel, un economista, había escrito sobre el tema con esa obsesión que tenemos de dar un sentido racional a los actos que tienen lugar en el mercado, llegando a la conclusión de que el regalo supone una pérdida de utilidad puesto que mucha gente valora más el dinero que el presente.

En un libro que acaba de publicar Waldfogel vuelve a la misma idea de que la racionalidad económica va en contra del regalo mediante entrevistas realizadas a sus alumnos, que demuestran lo poco que valoran los regalos que reciben en relación a lo que valen. El tema es más profundo de lo que parece porque durante años se ha justificado el precio de las viviendas y sus tasaciones, los valores en bolsa, los bajos tipos de interés que se pagaban por la deuda por el hecho de que eran valoraciones de mercado; pues se supone que el mercado no se equivoca, y si eso ocurre, corrige fácilmente.

El regalo hay que entenderlo bajo motivaciones diferentes: las del que lo hace, y las del que lo recibe. Son señales que una persona manda a otra; tiene un coste de dinero y tiempo y un beneficio para ambos por la satisfacción que proporciona, además de su valor monetario. El regalo más valioso es aquél del que no se espera nada a cambio, pues su utilidad es la suma de dos satisfacciones.

Estas ideas abren nuevas vías a la forma de entender la economía. Las medidas que se proponen, las reformas en las estructuras de producción, de empleo, competitividad, etc., tienen una lógica económica cuantitativa, pero incompleta si no las vemos en el contexto de las relaciones sociales y políticas y de la propia naturaleza humana. De la misma manera que el valor del regalo está parte en lo económico y parte en la anticipación y las expectativas que genera, la economía es una mezcla de expectativas y valor económico. De ahí la decepción profunda en nuestra sociedad, pese a que sigamos manteniendo niveles elevados de bienestar, porque tras una etapa de fuerte crecimiento y creación de empleo se viven las inesperadas consecuencias de la crisis.

La otra idea es que los comportamientos basados en el altruismo, la cooperación y la generosidad pueden no tener una lógica económica clara, pero cuando se consigue generalizarlos e interiorizarlos ayudan a construir comunidades sólidas, con fuertes lazos de confianza y honestidad, aumentando las posibilidades de progreso social. John Kays, otro economista, en una reseña muy crítica del libro de Waldfogel, dice: "Algunos economistas creen que el alma, la belleza, la justicia son palabrería que no influye en el funcionamiento final del mercado. El efecto corrosivo de esas concepciones erróneas no sólo aclaran por qué las explicaciones puramente económicas son tan malas para explicar las alegrías de los regalos navideños, sino por qué son tan malas para explicar las crisis financieras".

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