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Ver nevar en Sevilla

Una buena capa de nieve todo lo tapa, pero el día siguiente puede ser decepcionante

Era un niño cuando nevó en Sevilla. 3 de febrero de 1954. Había anochecido. A través de los cristales del balcón de casa vi caer unos puntos blancos que poco a poco fueron cuajando en el suelo y en los paraguas de las pocas personas que pasaban por la calle. Alguien de la familia dijo: "Está nevando". Por fin sabía cómo era de verdad esa fina capa blanca, que hasta entonces sólo había visto en los belenes, hecha con polvos de talco sobre los trozos rugosos de corcho.

A la mañana siguiente la ciudad era una belleza. En muchas familias se han repasado durante años las fotos de aquel día. Las azoteas y las plazuelas se convirtieron en improvisados lugares de juego para muchos de nosotros. De Santa Paula a San Marcos, de Santa Isabel a Los Terceros y Santa Catalina. Y la Plaza de España y el Parque de María eran aún más atractivos y mágicos que de costumbre. Teníamos la sensación de que algo extraordinario había ocurrido. Algo parecido les debía ocurrir a los exégetas de la ciudad. Les transcribo un fragmento de una crónica de aquel día, que nos sitúa en la época y en el estilo de la información del momento, en los más que difíciles años cincuenta: " ...al quedar cubiertas por los limpios copos calles y plazas, fueron muchísimos los sevillanos que abandonaron la acogedora tibieza de los hogares para gozar del bellísimo espectáculo. (...) Las vías hispalenses se poblaron de numerosos grupos de jóvenes, que en el albo escenario entablaron incruentas batallas con níveos proyectiles y pusieron a contribución sus dotes artísticas en la elaboración de los clásicos muñecos, expresivísimos en sus actitudes, grotescas o perfectamente normales". Y así una página. Demasiado para el cuerpo.

A pesar de todo, la nieve se fue derritiendo y se formaron sucios montones y charcos por todas partes. La ciudad real reapareció. La Sevilla de aquellos años, con todas sus carencias y ese tono gris que recuerdo bien. La ciudad de todos los días. La nevada parecía una ilusión. Sólo habían sido unas horas, pero suficiente para entrar en la mitología de una ciudad que siempre parece esperar algo extraordinario. Los que vimos nevar en Sevilla un 3 de febrero lo recordamos siempre y nos llama a escribir sobre ello, como ya he hecho en alguna ocasión, con el riesgo de una mirada nostálgica sobre nosotros mismos. En Sevilla esperamos que de vez en cuando ocurra algo extraordinario, como una nevada que lo cubra todo, como en esas casas en películas y novelas, que tienen tapados los muebles por blancas sábanas y que nos atraen por el encanto poético de lo que pueda aparecer cuando sean retirados. Bajo una nevada se suavizan los perfiles y todo tiene un aspecto noble e insólito. Pero en Sevilla la nieve no dura mucho. Y siempre reaparece nuestra realidad, en la que falta el empuje definitivo de una sociedad que de verdad piense que lo mejor está por conseguirse y no que lo mejor ya pasó. Una buena capa de nieve todo lo tapa, pero el día siguiente puede ser decepcionante.

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