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¡Oh, Fabio!

Luis Sánchez-Moliní

lmolini@grupojoly.com

Vicios de Corte

En el asunto Corinna, lo más hediondo del Estado se une a la más dulce y virginal virtud republicana

Más que republicanismo, en España siempre ha existido un nutrido grupo de tribunos antiborbones que han largado lo suyo de la dinastía inaugurada por el duque de Anjou. El mayor problema de este respetable conjunto, en el que han militado prohombres como Unamuno, Azaña o Pi y Margall, ha sido su inevitable tendencia al guirigay. Fue Estanislao Figueras, primer presidente de la Primera República (llamada "la de los catalanes", por cierto) el que proclamó aquella frase definitiva y apócrifa: "Estoy hasta los cojones de todos nosotros". La cosa no ha cambiado mucho desde entonces. El gallinero republicano ha tenido un histórico déficit de sosiego.

Es curioso cómo, desde su nacimiento moderno con la Revolución Francesa, la crítica republicana a la monarquía ha hecho especial hincapié en las perversiones sexuales. A la adorable y voluble María Antonieta, los propagandistas de la escarapela le atribuyeron toda clase de prácticas escandalosas -incluso el incesto con el delfín Luis Carlos- antes de hacerle probar el gélido filo de la guillotina. En España, por su parte, las leyendas eróticas sobre la realeza han gozado siempre de éxito, sobre todo a partir de Isabel II, mujer empoderada donde las haya, protagonista principal de Los borbones en pelota, esa divertida colección de estampas procaces firmada por SEM, pseudónimo tras el que, al parecer, se esconden los hermanos Bécquer. Sobre Alfonso XIII y el conde de Barcelona, también se difundieron todo tipo de cuchicheos picantes.

Con la restauración monárquica de 1975 y la llegada de don Juan Carlos al trono regresaron, como antes lo hacían las cigüeñas, las historias de amores y devaneos. Todos las conocemos y no será esta recatada pluma la que las repita. Los vicios de la Corte son tema dilecto de las sobremesas ibéricas. Ahora, a colación de las oscuras grabaciones del pájaro Villarejo a una Mata Hari de peluquería y gym como es la princesa Corinna, en la que se reivindica como testaferro del monarca, vuelven a airearse los affaires de éste, ya sin el paño de pudor de antaño. No sería grave si estos relatos no estuviesen acompañados de acusaciones de corrupción. Todo el mundo pone cara de listo y dice saber, pero nadie enseña ni una sola prueba, sólo una conversación entre una aventurera y un siniestro policía. El gallinero tricolor vuelve a agitarse y ya señala directamente a Felipe VI, el verdadero objetivo de esta operación en la que lo más hediondo del Estado se une a la más dulce y virginal virtud republicana.

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