La lluvia en Sevilla

Visitante local

Sevilla esconde muchos tesoros que revisitar, y ofrece motivos de sobra para flanear sin rumbo

Aquí tienen sus entradas. ¿Desde dónde nos visitan?", nos pregunta por protocolo la taquillera del Museo de Bellas Artes. De repente, me entran unas ganas casi incontenibles de hacer el dialoguillo que Rocío Jurado se marca en la peli Sevillanas de Carlos Saura cuando, antes de cantar unas corraleras, pregunta a unos chicuelos con su voz de alta catarata: "¿Dánde' somos?", y ellos gritan a coro "¡De Sevilla!"; "¿Adónde vamos?", "¡A Sevilla!"; "¿Y a qué cantamos?", "¡A Sevilla!". Pero al final me da corte y sólo le respondo: "Desde Triana. Somos visitantes locales, turistas de aquí".

Visitante local no es del todo un oxímoron, llevo insistiendo en ello varios artículos desde que comenzó la pandemia. Cuando recién nos dejaron salir a la calle, ya imploré que se abriera el Real Alcázar para el deleite de los vecinos antes de que arribaran los turistas. La situación sanitaria que en estos momentos volvemos a vivir nos trueca las costumbres -trocadas algunas casi en vicio- de emplear los días libres en huir al mar o a la sierra, o de entrar desde temprano en una espiral de cervezas y frituras que te hacen cisco el estómago y la tarde. Esta ciudad esconde tesoros que revisitar sin pausa, y ofrece motivos sobresalientes para flanear sin rumbo. Ser visitante local es hacer literalmente de la necesidad virtud.

Cada vez que observo cómo contemplan las gentes (entre las que me cuento) la zona expositiva del Ikea, con cuán sigilo se aproximan a un simulacro de salón para admirar el revés de los estores, me reafirmo en la idea de que hay que fomentar la visita a Sevilla de los habitantes de Sevilla. Ahora mismo es posible quedarse a solas con Zurbarán la mañana del domingo en el Museo. Aconsejo visitar la pinacoteca con alguien que difiera de usted en criterios estéticos: entrarán discutiendo, convergerán a la altura de Gonzalo Bilbao y Bacarisas y se reconciliarán para siempre ante el Nacimiento de la Roldana -dan ganas unánimes de comerse de un bocado la figurilla del niño Jesús-. Aconsejo asimismo comprobar previamente por teléfono qué lugares están abiertos. El Hospital de la Caridad -me explica un miembro de la Hermandad, que consuela mis ganas de ahitarme de vanitas- está cerrado desde marzo porque, como saben, alberga desde hace 500 años a ancianos pobres (y sin coronavirus, que yo sepa). Aún estoy a tiempo de zambullirme en la mirada de Cristina García Rodero en CaixaForum, y no me puedo perder una instalación audiovisual que hay en el CAAC, porque ya van dos las amigas que tratan de explicármela y no pueden, del mismito shock. Y aún me quedan -a estas alturas- calles de la ciudad por estrenar… Habitantes de Sevilla, visiten Sevilla.

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