Azul Klein

Charo Ramos

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En la consulta todos los octogenarios llegaban con sus mismos síntomas: insomnio, angustia, miedo

Sus amigos lo animaron a que fuera con ellos a aquel balneario del Norte pero él desistió porque todavía a sus 87 años se sentía un hombre de secano, arraigado aunque fuera por su aversión al agua al pueblo serrano en que nació, y no le apetecía moverse entre albornoces blancos a finales de febrero. Cuatro de aquellos amigos que viajaron juntos a tomar las aguas fallecieron dos meses después y no pudo despedirlos. Quizá en otro momento, además del dolor de la pérdida, hubiera sentido una amarga sensación de victoria sobre la muerte, a la que habría esquivado de casualidad, pero no fue el caso porque, sobre todo, tenía miedo. Miedo a vivir en Madrid, donde tanta gente perecía, entre ellos alguno de sus maestros y varios de sus discípulos, siempre alguien por quien ahora advertía haber sentido un sincero afecto, por desgracia no demasiado cultivado en los últimos años, en los que tuvo que volcarse en el cuidado de los nietos. Miedo también a no poder ver a su familia porque residía en barrios de la capital que distaban del suyo muchas paradas de metro. Y miedo de sí mismo, de su memoria que se volvía frágil, sobre todo ahora que no podía ejercitarla en las actividades que le proponía el centro de día, cerrado por la pandemia. Intentó hablar de todo esto con su médico de cabecera, un buen profesional cuya consulta visitaba desde que tras enviudar cambió de domicilio, pero el doctor estaba desbordado de octogenarios que llegaban allí con los mismos síntomas que él: angustia, sensación de opresión en el pecho, dificultad para conciliar el sueño, insomnio recurrente a las pocas horas de lograr dormir. "Falta de apetito no", reconoció, "porque en la tienda de comida preparada del barrio me guisan platos que me gustan mucho y me los llevan a casa cada tres días. A veces esos repartidores son las únicas personas con las que hablo cara a cara". El doctor le recetó unas pastillas que, un mes después, no parecían haber surtido demasiado efecto. Ahora la angustia era de otro tipo. Le daba pavor pensar que en su pueblo pudieran rechazarlo o mirarlo mal porque venía de Madrid. Había sabido de otros pueblos andaluces, donde no había habido casos de coronavirus, en los que los vecinos alertaban por Facebook de la llegada de madrileños que regresaban a sus casas o cortijos durante el estado de alarma. En el viejo cementerio de la localidad había un panteón familiar que acogía a sus antepasados y su voluntad era ser enterrado allí. Abrió el cajón de la cómoda, cogió la gorra de paño, la misma prenda que jamás se quitara su padre y con la que él, en cambio, nunca hubiera aceptado ser visto en Madrid, dejó allí arrumbada la caja de fluoxetina y llamó a un taxi para llegar a tiempo al primer Ave que lo llevara de vuelta a Sevilla.

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