tiempos modernos

Bernardo Díaz Nosty

Votar o no votar

MALOS tiempos los que corren, que tienen poco de modernos [urge cambiar el enunciado optimista de esta columna]. La modernidad es una explosión de esperanza vital a la que suelen acompañar circunstancias favorables. Ahora queda algo de esperanza tibia. Sin embargo, hay vida más allá de los ecos que salen del marketing político, esa maquinaria inflacionista de hacer propuestas sin ideas, con una alta prima de riesgo en las probabilidades de su cumplimiento. Verdades a medias, porque de la mitad de las mentiras ni la canciller incierta sabe mucho más.

Comprobada la orfandad de liderazgo, aquí y en Berlín, más que en otras ocasiones hace falta la movilización ante la fecha, siniestra desde hace 36 años, del 20-N. Decir a los políticos, a los que hacen mayorías con una valoración pública muy baja, que nuestro depósito de escasa confianza no debe servir para abrir la puerta al cobrador del frac. Esto es, a la tecnocracia y a los populismos que nacen de sus entrañas.

Votar o no votar... En la duda -la duda ronda la casa natural de las ideas-, siempre votar. La burbuja de indecisos y de quienes han decidido castigar a los malos políticos no debería traducirse en un debilitamiento de la democracia, que es lo que nos queda en estos tiempos peores. Votar, claro, porque son dos y más de dos las opciones en juego. Quien lo necesite, si es lo que le pide su frustración, tiene soluciones de castigo electoral coherentes. Hay formas de resarcimiento democrático e ideológico. Las alternativas en juego no son iguales, y menos cuando aguarda un período nefasto en términos de ajustes y políticas sociales.

Votar o votar. Incluso votar en blanco o producir un voto nulo, pero no provocar la sensación de abandono ante la incertidumbre. Votar o votar, una solución a la disyuntiva que aborta el riesgo de la abstención. Quien baraje la idea de no votar pasado mañana, ¿no llegará a arrepentirse antes de que pasen los cuatro malos años que vienen? Se puede votar con indignación o indignar con el voto, pero no cabe imaginar vida más allá de las urnas, donde sólo hibernan los salvadores que la Historia echa al monte cuando descuidamos nuestra soberanía. Si en lugar del 60% votase el 90%, no habría encuesta que se resistiera a la coherencia sociológica del país. Votar, incluso rompiendo la dinámica infantil de los malos y los buenos, porque el domingo no se trata de resolver un enigma maniqueo, sino de hacer valer la coherencia que se nos supone ante un momento crucial de nuetra vida. Es una forma de responsabilidad.

Votar o votar. Fuera de las urnas están los caudillos que no las necesitan.

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