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La ciudad y los días

Carlos Colón

ccolon@grupojoly.com

'West Side Story', un recuerdo

Aquella tarde de julio de 1966 'West Side Story' cambió mi vida sin que yo lo supiera

Leo al compañero Braulio Ortiz y siento el frío de la refrigeración Baviera, la vibración del apabullante sonido estereofónico envolvente, el asombro de la gigantesca pantalla levemente curva y la conmoción -al borde del síndrome de Sthendal- que sentí al ver por primera vez West Side Story, la obra maestra teatral de Bernstein, Robbins y Sondheim llevada al cine por Wise que desde octubre se representará en el Teatro Calderón de Madrid. Han pasado 52 años. Pero les aseguro que lo recuerdo cada vez que paso ante las puertas muertas del cine Florida.

Cuando West Side Story se estrenó en el Cervantes en octubre de 1963 yo tenía 11 años y la película -aunque hoy cueste trabajo creerlo- era para mayores de 18. Imposible verla por mucho que me picara la curiosidad porque mi padre habló de ella durante semanas y se compró un single de cuatro canciones -María, Tonight, Dance at the Gym y I Feel Pretty- que oía una y otra vez. Pero no logré burlar a ningún portero hasta tres años más tarde, en julio del 66, cuando la repuso el Florida iniciando a la vez su programación de verano y "la puesta en marcha de la refrigeración electroautomática Baviera". En las salas de estreno el rigor de los porteros era infranqueable. Compraba la entrada, procuraba estirarme, pero al llegar a la puerta su uniformado e imponente guardián me miraba con guasa y me pedía el carnet de identidad. "Se me ha olvidado", le contestaba. Pero no colaba.

En verano este rigor se relajaba, sobre todo en los cines de reestreno y de verano. Los de estreno, aunque reestrenaran, mantenían su rigor. En junio de ese mismo año 66 el Palacio Central proyectó un festival Bond -cuyas películas, todas para mayores, perseguía por razones no solo cinematográficas- que incluía Dr. No, Desde Rusia con amor, Goldfinger y Operación Trueno. Ni en una pude colarme. A la segunda intentona me reconocían y ni siquiera me vendían la entrada. Al final pude pillar ese mismo y magnífico verano del 66 Golfinger en el cine Bosque y Operación Trueno en el Trajano.

Aquella tarde de julio de 1966, gracias a la indulgencia de un portero del Florida, West Side Story cambió mi vida sin que yo lo supiera. Muchos años más tarde asistí a un homenaje a Jerome Robbins en la Ópera de París. Cuando salió a saludar me quedé ronco de tanto gritar "¡bravo, Robbins!". Era aquel chaval de 14 años dándole las gracias.

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