Tribuna económica

Joaquín Aurioles

Zona Euro

LAS apariciones del Sr. Trichet ante los medios de comunicación hay que seguir observándolas con lupa, aunque con otra bien distinta a la de antes del pasado verano. Hasta mediados de 2008 representaba a una institución con credibilidad, cuyo prestigio se basaba en la defensa a ultranza de la ortodoxia monetaria y, sobre todo, en su numantina resistencia a las frívolas invocaciones de algunos gobiernos a favor de la intervención para frenar el encarecimiento del euro, la relajación del control monetario y la complicidad en la lucha contra la crisis. El repunte de la inflación durante la primavera parecía darle la razón, hasta el punto de llevar a cuestionar el intervencionismo monetario norteamericano. En base a ello, el BCE decidió, en un alarde de imprevisión, subir el tipo de interés oficial en 25 puntos básicos, hasta el 4,25%, en el mes de julio y en el de agosto todavía se permitía el Sr. Trichet defender los "sólidos fundamentos de la economía europea" para justificar la idoneidad de las decisiones adoptadas hasta entonces.

En septiembre todo se vino abajo con la crisis financiera y con la intervención de los gobiernos para evitar el colapso de sus respectivos sistemas bancarios. Una iniciativa indiscutiblemente heterodoxa, hasta el punto de saltarse todos los protocolos y acuerdos de funcionamiento establecidos, como el Plan de Estabilidad y Crecimiento, pero seguramente imprescindible para evitar lo que podría haber sido el detonante definitivo de la catástrofe: la formación de colas delante de las ventanillas de los bancos. La decisión de intervención simultánea adoptada por los gobiernos europeos el pasado 7 de octubre pasó como un ciclón por encima del prestigio del sistema europeo de bancos centrales, cuya capacidad para afrontar una de sus responsabilidades, la solvencia de los bancos, había quedado en evidencia. Por si fuera poco, al día siguiente, es decir, el 8 de octubre, el BCE decidió abandonar toda su doctrina anterior y aprobar su primera reducción del tipo de interés desde el comienzo de la crisis.

Con la política monetaria desahuciada como herramienta frente a la crisis, el Sr. Trichet reaparece anunciando que no hay riesgo de deflación y que "el firme anclaje de las expectativas de inflación con el que estamos comprometidos representa la mejor y más segura salvaguarda". Lo ha hecho justo después de conocerse que los precios han caído hasta el 1,6% en diciembre, aunque aclarando que se trata de un proceso de "desinflación" consecuencia de la evolución de los precios del petróleo y las materias primas, como efectivamente se comprueba al observar que la inflación subyacente se mantiene en el 2,1%. Visto de esta forma, el desplome de los precios debe ser interpretado como una buena noticia, aunque la pérdida de credibilidad de la institución, tras los gatillazos del verano, también invita al escepticismo. Los más suspicaces sospechan que la contracción del consumo también ha debido contribuir, en cuyo caso el riesgo de espiral deflacionista aumenta, sobre todo porque, como también ha pronosticado Trichet, nos espera un largo periodo de depresión antes de que aparezcan las primeras señales de recuperación.

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