La tribuna

manuel Ruiz Zamora

La agonía de los agoreros

PARA un agorero la peor noticia es una buena noticia. No es que los agoreros sean gentes que se complazcan en el mal ajeno: simplemente no pueden soportar la forma muchas veces despiadada en que la realidad se empeña en desmentirles. Para ellos el fin del mundo representaría el summun del placer, porque tal acontecimiento vendría a refrendar sus predicciones más funestas; pero también del dolor, porque a la postre no quedaría nadie para darles la razón. Por eso, parafraseando aquel pérfido poema que Cernuda escribiera sobre Juan Ramón Jiménez, la máxima felicidad para los voceros de la fatalidad consistiría en que en cualquier momento irrumpiera su mayordomo y les anunciara con voz solemne: "Señor, el fin del mundo está servido".

Nuestros agoreros patrios, al igual que otros muchos de sus congéneres internacionales (Krugman, Krugman, cada vez que escucho tu nombre me recuerda el chirrido de una puerta en una película de miedo), se encuentran ahora un poco un poco decaídos, pues la efervescencia que el agorero experimenta en las desgracias es inversamente proporcional a la que disfruta con las venturas. Con cada dato esperanzador, con cada signo de estabilización en los índices otrora desbocados de la economía, aquellos que anunciaban catástrofes inimaginables como consecuencia de políticas que ellos, mejor que nadie, sabían equivocadas, se van viendo obligados a desplazar insensiblemente el marco de sus cataclismos. Entiéndanme bien: ello no significa que el agorero esboce nada parecido a una disculpa, pues si algo hay que distingue a los a los integrantes de este noble gremio es, precisamente, que no se equivocan nunca.

Lo que hace el agorero a tal respecto es aplicar a la realidad el arte de las analogías, en el que, como todas las inteligencias un tanto lánguidas, suele ser un consumado maestro. Si el mundo no sucumbe según sus cálculos, el agorero se encargará de recordar que aún hay alguien en alguna parte que es víctima de la injusticia. Si la economía mejora, dirá que lo hace sólo para unas cuantas familias. Cuando los beneficios se extiendan a la mayoría, señalará cualquier cosa, un cubo de basura, un cuenco maloliente, una iniquidad sobrevenida y exclamará con voz tronante: "¿Pero es que no veis que el mal aún existe en el mundo? ¿No os dais cuenta de que es esto precisamente a lo que yo me refería? Ante tal empecinamiento, uno comienza a sospechar que lo que le realmente le ocurre al agorero es que quisiera que el mundo no fuera sino un reflejo del tenebroso paisaje que él transporta dentro.

Hasta el diario El País, cuya línea editorial ha compartido perspectiva con las más siniestras profecías, se ha visto obligado a reconocer que se está produciendo un cambio inequívoco en el rumbo de la economía, aunque nadie sea capaz de aventurar aún si tal tendencia es sólo pasajera o es ya definitiva. El año se iniciaba con una serie de noticias que, teniendo en cuenta de donde venimos, tan sólo pueden calificarse de espectaculares: el descenso del paro, el de la famosa prima de riesgo, la subida de la bolsa...Oficialmente, el país ha abandonado la recesión. "Muy bien", replica el agorero, que al igual que el calamar tiene siempre en su recámara un disparo de negra tinta, "pero usted tan sólo me habla de macroeconomía". Es posible, le contesto, pero leo también en el Diario de Sevilla que los desahucios registran niveles anteriores a la crisis o que los centros comerciales comienzan a notar la afluencia del dinero. De estar todos en la UCI, en efecto desahuciados, hemos pasado a dar cortos paseos por el pasillo, aunque sea arrastrando la sonda y con el culo al aire.

Ahora bien, después de habernos tenido que tragar no sé cuántos de artículos titulados Es la economía, estúpido, alguien debiera escribir alguno que les indicara a los lumbreras que dibujan las líneas estratégicas de este gobierno que ha llegado, ineludiblemente, la hora de la política. Me refiero a la política con mayúsculas, por supuesto, aquella puede instalarnos en una segunda travesía democrática que nos saque institucionalmente del desierto. Si para lo único que van a servir tantos sacrificios es para regresar a esa España soez cuyos retratos de Dorian Grey aún estamos recogiendo de los desvanes más diversos, tal vez hubiera sido mejor que hubiéramos sucumbido.

Este país está pidiendo a gritos reformas profundas en el plano institucional, en el social y en el político que no sólo impidan que vuelva a repetirse ese lodazal de corrupción en el que hemos estado chapoteando, sino que introduzcan importantes cambios cívicos en la mentalidad de la ciudadanía. Por el contrario, si lo que podemos esperar de lo que queda de legislatura es que la incipiente mejoría económica se convierta en un pretexto para que nos traguemos ladrillos tan ultrarreacionarios como el impresentable anteproyecto de ley del aborto (que esperamos que quede abortado), sería aconsejable que el presidente del Gobierno no le tomara demasiado afecto al mobiliario de la Moncloa. Se lo dice alguien que jamás ha tenido tendencias a ejercer de agorero.

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