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La ciudad y los días

Carlos Colón

ccolon@grupojoly.com

La alegría del antidemócrata

Nada alegra más al antidemócrata que el político corrupto que justifica su aversión a la política

Carecía de experiencia de gestión, su currículo era endeble y al dimitir -lo de la jauría- demostró poca cintura para afrontar las críticas a las que todo cargo público se expone en una democracia. Pocas razones justificaban la elección de Huerta como ministro de Cultura. Y pocas justifican su dimisión forzada. Salvo una: Sánchez había dicho que "si alguien en mi partido tiene una sociedad interpuesta para pagar la mitad de impuestos, estará fuera al día siguiente". Es lo que tiene el puritanismo: señores con barba sin bigote, vestidos con sombreros y ropas negras, que creaban códigos mucho más estrictos que las leyes civiles y los mandamientos del Dios en cuyo nombre decían actuar, juzgando y condenando al margen de las leyes humanas y divinas. Recuerden La letra escarlata, de Hawtorne; Dies Irae, de Dreyer; o Las brujas de Salem, de Miller. La primera es de 1850, la segunda de 1943, la tercera de 1953… Y nunca dejan de perder actualidad.

Como reacción a la larga etapa de corrupción que ha afectado a los dos partidos mayoritarios -no por igual, pero escandalosamente en ambos casos- se ha desatado una ola de puritanismo en la que se ha pasado de exigir la dimisión tras la formalización de una acusación a hacerlo tras una imputación para acabar pidiéndola sin que concurran ninguna de las dos circunstancias. Se vulnera la presunción de inocencia sin que a nadie le importe porque los políticos y la política están tan mal vistos por los ciudadanos, que, según el último barómetro del CIS, los consideran su segundo y tercer motivo de preocupación, que toda leña parece poca.

Ya saben lo que según Plutarco dijo César: "Mulier Caesaris non fit suspecta etiam suspicione vacare debet". O lo que le pasó al legislador Carondas: castigó con la pena de muerte entrar con la espada en la Asamblea, un día llegó con prisas olvidando dejarla y se aplicó a sí mismo su ley suicidándose. La arrogancia de los corruptos que se creían impunes ha provocado esta ola de puritanismo. Cuidado con esto porque en muchos casos es el pretexto para que se manifieste una previa desafección hacia la democracia -"todos son iguales", "la política es un asco"- que aprovechan los populistas. A igual que nada alegra más al puritano que el pecador que justifica su intransigencia, nada alegra más al demócrata tibio o al antidemócrata que el político corrupto que justifica su aversión a la política.

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