La aldaba

Carlos Navarro Antolín

cnavarro@diariodesevilla.es

La alegría de un nazareno

Juan Dávila-Armero había sido educado en el amor a una Semana Santa sin excesos ni histrionismos

Jamás fue un triste. Los hermanos del Silencio no lo son. El día de mayor gozo del orbe católico reparten el azahar de su Virgen y celebran una convivencia en el atrio de San Antonio Abad, el mismo que adornan en mayo con colgaduras y mantones para la exaltación de la Cruz. Fue un cofrade serio, de los que ya no quedan porque los tiempos han arrinconado por desgracia esa forma íntima de ser católico en Sevilla, que no es otra que la de vivir la fe por las hermandades. Juan Dávila-Armero era alegre. No molestó a nadie y nunca dejó de pensar en su cofradía del Silencio. Una vez encargó una caña de plata a juego con la orfebrería del paso de la Concepción, la imagen que donó su abuelo, el marqués de Villamarta. Sencillo hasta sus últimos días, cuando no dejaba de tomar el sol en la Plaza del Salvador. En su silla de ruedas, junto a su inseparable Mariluz y en compañía de sus hijos. Siempre cerca del quiosco de Juan, su primogénito. Amó a las hermandades. Y sufrió por ellas, porque no hay amor sin padecimiento. Yo lo veo hoy entrando en el atrio del templo vestido nazareno, con el palermo de fiscal de paso de palio. Su hermano Patricio luce la túnica granate de maniguetero. El Jueves Santo ha sido malo, con el cielo color panza de burra, con esas lluvias intermitentes que han roto el día y han dejado en casa las peinetas y las blondas. Está claro que el ambiente no acompaña. Los antifaces descansan sobre los hombros a la espera de la confirmación de la noticia. El palio está encendido. La urna rebosa de sobres con donativos a los pies de la Concepción. La junta de gobierno se abre paso entre la multitud para alcanzar la escalera y subir a la primera planta, sobre la tienda de venta de recuerdos, donde se celebrará un cabildo de urgencia. Cuando el hermano mayor, debutante ese año en el cargo, pasa junto a los hermanos Dávila, oye que le dicen con claridad: "No vayas a hacer ninguna tontería, ¿eh?". Y, por supuesto, la cofradía se quedó en el templo. No hubo lugar a ninguna tontería. La ventaja de los primitivos nazarenos como aquellos Dávila era que habían sido educados en ese amor por la Semana Santa y por sus cofradías donde no caben excentricidades, histrionismos, ni inventos de ningún tipo. Sólo hay lugar para la autenticidad, la sana tertulia y la resolución de los conflictos sin ruptura de la vida de hermandad. Lo vuelvo a ver, pero ahora en la Magdalena junto a su inseparable Luis Rodríguez-Caso y otros amigos ya fallecidos con los que pasó inolvidables noches de cuaresma. Generoso hasta para prestar a otras familias el traje de paje que tenía en propiedad. Nieto de hermano mayor, paje, padre de pajes y abuelo de paje. No caben mayores honores. Quizás se murió porque no pudo resistir el vacío de una Sevilla sin procesiones. Descanse en paz y brille para él la luz eterna.

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