Lo que el aljarafe se llevó

El Aljarafe cambió cuando las segundas residencias se convirtieron en viviendas permanentes

Es sabido que en el Aljarafe se está bien. Lo sabían los que habitaban en el Carambolo, los romanos de Itálica y los hortelanos musulmanes que llenaron la comarca de olivares, vides y naranjales. Los capitanes de Fernando III y los grandes gobernantes del Barroco, como el Conde Duque de Olivares, que asentaron en estas tierras sus mayorazgos y edificaron hermosas haciendas. Por las tardes llegan las brisas del mar cercano y su altura sobre la ciudad próxima nos pone a salvo de malos efluvios e inundaciones del Guadalquivir. Bien lo sabía Forestier en sus jardines del Buen Aire.

A lo largo del siglo XX, muchos profesionales sevillanos construyeron segundas residencias en el Aljarafe, en la carretera de Gines, en San Juan, Villanueva del Ariscal o cerca de Valencina, buscando el frescor de las noches de verano, los melones, uvas y naranjas de las huertas y la apacible vida de los pueblos vecinos, entre almazaras y lagares y dulces de la memoria berebere. Abogados, notarios y médicos ocupaban sus viviendas del Aljarafe en temporadas, sin abandonar sus casas y despachos de las calles Canalejas, San Vicente o Gravina. Era un buen arreglo para ellos, sus familias, los pueblos cercanos y para Sevilla. El aparente orden de las cosas y una forma de vivir se mantenía. Pero sólo era el preludio de los cambios que vinieron a continuación, porque como en la novela de Margaret Mitchell, nunca volvería lo que el viento se llevó.

Cuando las segundas residencias se transformaron en viviendas permanentes y dieron paso a urbanizaciones como Las Canteras, Los Villares, Santa Eufemia, Simón Verde, el Zaudín, la Juliana y otras, todo cambió bruscamente. Apareció la ciudad suburbana. Vivir en Sevilla, pero sin vivir allí. Muchas familias de clase media alta abandonaron el casco histórico y sus casas, primero y los pisos de Los Remedios, después, por chalés o casas adosadas. La segunda oleada de urbanizaciones, con precios al alcance de sueldos medios, drenó definitivamente de población y recursos a la gran ciudad.

Sin buenas comunicaciones ni transportes colectivos, demandaron carreteras y puentes para cruzar a sus puestos de trabajo, que seguían estando en Sevilla, el lugar donde resolver sus ingresos y necesidades, aunque a un alto costo para el erario. Ir al trabajo, a estudiar, en los ratos de ocio, con coches para arriba y para abajo. Ya no es así, me dirán. Muchos colegios, restaurantes y centros comerciales están en el Aljarafe. Cierto. Abandonaron la ciudad para su día a día y no sólo transformaron Sevilla por vaciado, sino también en gran medida los pueblos que les acogieron en sus tierras. Aunque cuando bajan de paseo quieren que todo esté en orden y les recuerde la ciudad en la que ya no viven ni pagan sus impuestos. Porque los aires de cambio también se llevaron las regañás del Horno de Quintanilla en Salteras, entre otras cosas que nos hacían volver al Aljarafe, que sigue ahí, pero cambiado, tanto como Sevilla y nosotros mismos.

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