En tránsito

eduardo / jordá

40.000 amigos

EL otro día leí no sé dónde el perfil de un joven diputado que parece llamado a ser una de las mayores figuras políticas de nuestro país, y de pronto me topé con esta frase: "Es muy activo en Twitter y tiene 40.000 amigos en Facebook". Lo preocupante era que el periodista convertía esta frase en un elogio equivalente a varios másteres de prestigio o a una experiencia de primera mano como voluntario en un comedor social. De ese diputado no sabíamos casi nada sobre sus propuestas económicas ni cómo iba a financiar los programas ambiciosos que prometía llevar a cabo. Ahora bien, sabíamos que era muy activo en Twitter y que tenía 40.000 amigos en Facebook, vaya por Dios.

Al no estar en Facebook, no conozco la experiencia -que debe de parecerse mucho a los éxtasis de los derviches danzantes- de contar con 40.000 amigos, porque los amigos que tengo son pocos y sé lo difícil que resulta atenderlos y escucharles, aparte de charlar con ellos y animarles cuando están deprimidos, o bien compartir sus alegrías cuando están contentos. Pero ese diputado tiene 40.000 amigos simultáneos, y aunque no los haya visto jamás en su vida, es muy probable que crea en la existencia real de esos seres invisibles de los que no sabe casi nada y que muy posiblemente nunca llegará a conocer. Y en algún momento ese mismo diputado habrá pensado que su vida era mucho más rica y más interesante que la mía -por ejemplo-, sólo por el hecho de que él tuviera 40.000 amigos -por muy invisibles que fueran- y yo sólo unos pocos. Supongo que eso es lo que pasa cuando vives, igual que Alicia, al otro lado del espejo.

Si lo pensamos bien, ése es el gran problema de la política contemporánea, que vive instalada en el reino ilusorio de la irrealidad en vez de habitar en el territorio triste y aburrido de la realidad. Y por eso se prometen cada día más cosas irrealizables, sin que nadie se detenga un segundo a preguntar cómo pueden financiarse o qué coste real van a tener. Al contrario, parece que cuanto más disparatado sea el proyecto, más alabanzas incondicionales recibirá. Para un político, lo importante es que sea inteligente -una cualidad, por cierto, que casi ha desaparecido de nuestra escala de valores-, además de honesto, persuasivo y dotado de un inconfundible sentido de la realidad (y evidentes dotes de liderazgo). Pero nada de eso interesa ya a nadie. Así que tendremos que conformarnos con esos 40.000 amigos que quizá todos tenemos en algún sitio, aunque nunca hayamos conseguido dar con ellos.

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