Fragmentos

Juan Ruesga Navarro

m añara y el teatro

HOY, 3 de marzo, es el aniversario del nacimiento de don Miguel de Mañara (1627-1679), figura que está en el imaginario de nuestra ciudad como un personaje que nos representa en lo peor y en lo mejor. Prototipo del joven donjuanesco, con rasgos no exentos de realidad como todos los tópicos. Excesivo en muchas de sus facetas, hasta en el arrepentimiento de su vida licenciosa por el que se convierte en un devoto y caritativo hidalgo, no falto de soberbia. Al menos así interpreto el epitafio que ordenó poner en su tumba, en la Iglesia de San Jorge: Aquí yacen los huesos y las cenizas del peor hombre que ha habido en el mundo. Rueguen a Dios por él. Una humildad un tanto excesiva, como digo.

Los sevillanos tenemos una deuda de gran valor con Mañara y un gran reproche. Y lo explico. Primero su gran aportación. Don Miguel vivió en plena decadencia económica de nuestra ciudad, y fue testigo de la gran epidemia de peste de 1649, que asoló la ciudad y redujo su población a la mitad. Eran tiempos de la contrarreforma religiosa y Sevilla era una ciudad llena de mendigos y conventos, más de setenta.

Esas son las circunstancias en las que es elegido hermano mayor de la Caridad en 1663. Y además de encomiables obras de asistencia y beneficencia para los muchos necesitados que había por entonces en la ciudad, da un impulso notable a la construcción de la Iglesia de San Jorge de la calle Temprado. Obra en la que incorpora al arquitecto Leonardo de Figueroa y las obras de Murillo, Pedro Roldán, Valdés Leal, etcétera, hasta constituir uno de los más importantes patrimonios del barroco sevillano.

Y ahora el reproche. En aquellos años difíciles de Sevilla, una de las cuestiones en las que destacaba nuestra ciudad era en la vida teatral y la asistencia de público a las representaciones.

Hasta cuatro importantes corrales de comedias existían en Sevilla: el Corral del Coliseo en la actual calle Alcázares, el Corral de San Pedro en la plaza del mismo nombre, el Corral de la Montería, en el interior del Alcázar, y el Corral de Doña Elvira en la plaza así nombrada. Y con gran éxito de asistencia y de autores. No hace falta recordar la importancia del legado dramático del Siglo de Oro español. Pues bien, en ese marco social se desarrolla una corriente de opinión religiosa para que se cierren todos los teatros en la ciudad. Y "uno de los máximos instigadores fue Miguel de Mañara, hombre rico y piadosísimo que, con insistencia machacona (...) consiguió, bajo el beneplácito del Arzobispo de Sevilla, Don Ambrosio de Espínola, que el 11 de marzo de de 1679, el cabildo Municipal acordase consultar a su Majestad sobre la apertura o no de los corrales de comedias, una vez pasase el tiempo de la Cuaresma". Hasta aquí la cita de la profesora Bolaños.

En los púlpitos se decía "...que no entraría la peste en Sevilla si se desterrasen las comedias...". La insistencia de Mañara y las cartas que dirigió a las autoridades competentes, entre otras, consiguieron que el 11 de abril de 1679 cesasen las comedias en Sevilla. Sevilla sin teatro desde Mañara. Y así se escribe la historia.

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