Editorial

Un año tras la abdicación

HACE un año, el 2 de junio de 2014, la sociedad española asistió sorprendida y expectante al anuncio del rey Juan Carlos I de su abdicación en favor de su hijo Felipe, después de 39 años de mandato. Fue un reinado extraordinariamente fructífero durante el cual España realizó un tránsito ejemplar de la dictadura a la democracia, enterró por completo el espíritu de la Guerra Civil y protagonizó un espectacular avance en su desarrollo económico, además de integrarse en la Unión Europea y proporcionar a los ciudadanos unos índices de prosperidad insólitos de acuerdo con su trayectoria histórica y una modernización general propia de las naciones más avanzadas del planeta. Durante los últimos años, no obstante, el escándalo del caso Nóos, protagonizado por el yerno del Rey, y algunos episodios desdichados de su vida personal situaron a la Monarquía en el vértice de la deslegitimación que afectaba ya a otros pilares del sistema democrático, haciendo descender abruptamente sus índices de popularidad, hasta el punto de ponerse en cuestión la propia vigencia de la institución. La abdicación, que entronizó como Jefe del Estado al heredero con el nombre de Felipe VI, resultaba una operación histórica necesaria, que a la postre se ha revelado también muy positiva para la continuidad de la Monarquía parlamentaria y la consolidación de la democracia. En este tiempo Felipe VI ha protagonizado un cambio sustancial en el régimen y una adaptación decisiva a los nuevos tiempos, propiciando el relevo generacional de las instituciones españolas a todos los niveles, incrementando la transparencia y la voluntad de servicio y arbitraje de la Casa Real, es decir, actuando desde la más alta magistratura del Estado con discreción, dedicación y vocación de equilibrio. Muchas cosas han cambiado en el escenario político nacional en estos doce meses y no son pocos los estamentos e instituciones que han experimentado crisis y deterioros, y todavía los padecen, pero la Monarquía ha remontado el vuelo y, sin llegar a suscitar el entusiasmo y la adhesión de otros tiempos, se puede afirmar que hoy vuelve a ser valorada positivamente. Don Felipe ha aprendido de la experiencia de su padre y ha entendido que una Jefatura del Estado hereditaria no tiene más encaje en un sistema democrático avanzado que el de encarnar satisfactoriamente la unidad de la nación española y demostrar en la práctica su utilidad, transparencia y cercanía a los intereses y sentimientos de los ciudadanos. Don Juan Carlos dio el paso necesario al retirarse discretamente de la escena, como el último servicio a una Monarquía que necesitaba ser la del siglo XXI y a un país ya lejano, por fortuna, al de 1975, cuando sustituyó a Franco.

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