La ciudad y los días

Carlos Colón

ccolon@grupojoly.com

Un año más

Allí estarán hoy, todos, sin que falte nadie, esté o no esté allí, porque no hay ausencias ante la Virgen del Rocío

Esperando a la Virgen, esta mañana, no faltará nadie en la casa de los míos de la calle Almonte. Ni tan siquiera los que no están. Muy al contrario, ellos estarán allí, más presentes que nunca en los corazones de los suyos y más reales que nunca en el rostro de la Virgen cuando pase ante la casa, un año más, navegando sobre la marea de devoción almonteña -"no hay quien te lleve, Paloma"- que irrumpió en la ermita para arrebatarla de su altar y devolverla siquiera por unas horas a ese cielo, a esos árboles, a esos cantos de pájaros, a ese puro y limpio olor -cuando rompe el día y el alba tiene el pálido color de su cara- a romero, a jara, a lavanda, a enebro, a lentisco, a pino, que son su mundo. Por eso el ornato de su ráfaga son esas modestas flores que nacen sin más cuidados que los de Dios, como los lirios del campo, sus mejores campanas son los pájaros, su más auténtica música litúrgica son los tamboriles, las flautas y las sevillanas, y su incienso son los aromas más puros que le ofrenda la tierra en la que por voluntad propia quiso quedarse.

Allí estarán hoy todos, sin que falte nadie, esté o no esté allí, porque no hay ausencias ante la Virgen del Rocío, esperando que les llene -como dice el antiquísimo y hermoso himno al Espíritu Santo- esta luz que penetra las almas, esta fuente del mayor consuelo, este descanso de nuestros esfuerzos, esta tregua en los duros trabajos, esta brisa en las horas de fuego, este gozo que enjuga las lágrimas y reconforta en los duelos: los dones del Espíritu que esta Reina de Pentecostés derrama en los corazones llenándolos de una luz que nunca se extingue, por fuertes que sean los vientos de la vida.

"Lo que no es eterno tampoco es real", escribió Unamuno. Por eso todo es tan real -porque es eterno- ante esta Virgen de los campos, de los árboles, de los cielos, de los pájaros, de las flores, de las aguas, de las personas concretas, todas y cada una de ellas, de los amores sentidos y vividos, todos y cada uno de ellos, que son más fuertes que de la muerte, de las manos cogidas, de las lágrimas, de las risas, de los niños que vuelan sobre la marea almonteña para ser pasados por su manto, de quienes la ven por vez primera y de quienes… No… A la Virgen del Rocío, como a la Macarena, nunca se la ve por última vez. Son las parteras de las almas recién nacidas a ese Cielo en el que, como dice la Salve popular, te aman mejor.

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