La ciudad y los días

Carlos Colón

Que 78 años no son nada

LA actual izquierda que se dice heredera de la II República parece haber olvidado que fue la Constitución de 1931 la que, por primera vez en nuestra historia, reconoció el castellano como lengua oficial del Estado: "El castellano es el idioma oficial de la República. Todo español tiene obligación de saberlo y derecho de usarlo, sin perjuicio de los derechos que las leyes del Estado reconozcan a las lenguas de las provincias o regiones. Salvo lo que se disponga en leyes especiales, a nadie se le podrá exigir el conocimiento ni el uso de ninguna lengua regional" (artículo 4).

Esta salvedad entreabría una puerta que los nacionalistas forzarían conforme la República fuera necesitando de ellos. Previéndolo unos ponentes, encabezados por Unamuno, propusieron la siguiente enmienda referida a la Educación: "Es obligatorio el estudio de la Lengua castellana, que deberá emplearse como instrumento de enseñanza en todos los Centros de España. Las regiones autónomas podrán, sin embargo, organizar enseñanzas en sus Lenguas respectivas. Pero en este caso el Estado mantendrá también en dichas regiones las Instituciones de enseñanza de todos los grados en el idioma oficial de la República". Don Miguel dijo al defenderla: "Yo hubiera preferido que se dijera: es obligatorio enseñar en castellano. Las regiones autónomas podrán, sin embargo, organizar enseñanzas en sus lenguas respectivas; en este caso, el Estado mantendrá también en dichas regiones las instituciones de enseñanza de todos los grados en el idioma oficial de la nación".

Azaña quiso disipar temores: "No hay derecho a contraponer nunca la vigilancia, el cuidado y el amor a la cultura castellana con la vigilancia, el cuidado y el amor a la cultura catalana… Porque la cultura catalana y la cultura castellana son la cultura española, y cada una de ellas forma su parte alícuota en la cultura de mi patria y es absurdo sembrar la discordia…". Un ilustre miembro correligionario, Sánchez Albornoz, insistió en esta buena intención: "Yo no quiero contribuir con mi voto a que nosotros ahondemos las diferencias que puedan existir entre España o el resto de España y Cataluña; no quiero que el día de mañana pueda ocurrir, por haber nosotros atizado la llama de la contienda, algo parecido a lo que ha ocurrido en el Imperio austriaco y nos encontremos con un fraccionamiento semejante". Desgraciadamente las buenas intenciones de ambos fueron contradichas por la historia.

Es patético que 78 años después sigamos igual: "Volver, con la frente marchita…". Y además sin un Unamuno, Azaña o Sánchez Albornoz que den altura al debate.

Tags

MÁS ARTÍCULOS DE OPINIÓN Ir a la sección Opinión »

Comentar

0 Comentarios

    Más comentarios