Las dos orillas

josé Joaquín / león

El antivoto

UNA característica de los últimos tiempos, según las encuestas, es el antivoto. Esto ya funcionó en las Elecciones Europeas con Podemos. Se trata de votar a un partido no ya porque atraiga su programa, por el liderazgo de su cabeza de lista o por motivos ideológicos, sino por fastidiar a los otros. Pablo Iglesias ha sido el niño bonito del antivoto, que ha llevado a un sector de la izquierda a darle su apoyo; no tanto por lo que propone, que no se sabe bien lo que es, sino por fastidiar al PSOE de la casta. Pero después también han criticado a IU, con la que por un lado negocian, mientras por otro los presentan como los sicarios de Susana contra el pobrecito pueblo andaluz.

También se ha creado un antivoto del centro derecha para fastidiar al PP. Albert Rivera sería el niño bonito del antivoto de centro, de derecha, o de lo que sea, pues tampoco están claras sus propuestas, que en Cataluña, cuando empezaron, se situaban a la derecha del PP, como menos autonomistas que nadie, alérgicos al catalán y otras cosas así. Su caso es parecido al de UPyD, partido al que se considera de centro izquierda en algunas cuestiones, mientras hablan de devolver competencias a Madrid y otros argumentos centralistas que no se oían aquí desde que Lauren Postigo decía aquello de "Andaluz, éste no es tu referéndum" en el 28-F.

En general, mucha gente no sabe, ni se preocupa, por los programas de los partidos. Piensan que los cumplen o no, según. Y ya parece que tampoco importan las ideologías, si se pretende hacer una política socialdemócrata, liberal, comunista, derechista, o vete tú a saber. Porque al final se hará lo que digan en Bruselas, más o menos. Así las cosas, en vez de apostar por los conocidos (que no todos son mangantes), hay una moda que tiende más a fijarse en las coletas o los buenos cortes de pelo, que servirían de reclamos para votar.

Puede ocurrir que España (y Andalucía antes) caminen hacia el suicidio político, por motivos estéticos que se disfrazan de éticos. Lo ingobernable será inmanejable, y perjudicará a todos. Aunque es de sentido común, recordemos que para que un país sea gobernable necesita dirigentes que sepan gobernar. Y eso se consigue con más experiencia y más capacidad, no con desconocidos de historial mediocre. Quienes nos gobiernan pueden ser mejores o peores, pero quienes no tienen ni siquiera una ideología concreta, ni un programa realizable, son peligrosos para el futuro.

Y después los ciudadanos podemos caer en las lamentaciones.

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