La ciudad y los días

Carlos Colón

ccolon@grupojoly.com

Y apareció el Señor

Hay cosas muy breves que resumen el espíritu de una ciudad. ¡Cuánto ganó Sevilla con tan breve paseo del Señor!

Sonó el llamador y apareció el Señor como salido de un azulejo. Nadie vivo, por muchos años que tenga, lo ha visto con esa túnica hace muchos años perdida que el amor de sus devotos y hermanos le ha devuelto por su cuatrocientos cumpleaños. Sonó el llamador, el único que ha sonado tras el 14 de marzo, y apareció el Señor, la única imagen que ha salido tras el 14 de marzo, revestido por la noble aura de lo antiguo que vence al tiempo, lo más parecido a lo eterno que se puede lograr con medios humanos. No era gratuita recreación esteticista de lo antiguo, como ahora está de moda. Ni vanidad de la emulación por estrenar. Era vida. Era reencuentro. Era memoria y devoción bordadas. Sonó el llamador y apareció el Señor de los azulejos de Orce y de Ramos Rejano.

Encontré en ello una lógica. Se colocaron los retablos de azulejos lo más cerca posible del lugar en que recibe culto la imagen para administrarla a deshoras cuando la iglesia está cerrada. A ser posible en el mismo muro externo de su capilla cuando reside en una parroquia. Se hicieron las fotografías para que estuviera presente en los hogares. En los casi tres meses del gran confinamiento, el único contacto que tuvimos con las sagradas imágenes fue a través de fotografías y retransmisiones de cultos. Y en la calle, con sus azulejos. Durante esos meses, mi único encuentro diario con una imagen en la calle fue con los de la Candelaria y el Señor de la Salud, a los que rezaba ante la puerta cerrada de su iglesia: al fin y al cabo, pensaba, la oración de Pepe el Planeta pidiendo salud para su hija enferma ante esta iglesia cerrada está en el origen de esta hermandad.

Sonó el llamador, pues, y salió el Señor a su plaza como si un azulejo hubiera cobrado vida. Cuando estaba a la altura del retablo de ánimas de San Lorenzo dio la hora la torre y en el absoluto silencio las ocho campanadas fueron como ocho breves saetas que atravesaran el corazón. Después volvió un silencio aún más hondo. De su basílica a la puerta de San Lorenzo y de allí a su basílica. Pocos minutos de reloj. Una eternidad de emoción.

Cuando murió el Gallo dijo Gregorio Corrochano, refiriéndose al breve paseo diario que daba de Los Corales a su casa por Tetuán o Sierpes: "¡Cuánto ha perdido Sevilla con tan breve paseo!". Hay cosas muy breves que resumen el espíritu de una ciudad. ¡Cuánto ganó Sevilla, el jueves, con tan breve paseo del Señor del Gran Poder!

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