La ciudad y los días

Carlos Colón

ccolon@grupojoly.com

El aplauso

ENTRÓ el Señor acribillado de saetas. Se empezaron a cerrar esas puertas que cuando se abren para que salga la cofradía suenan a severa gloria de Epifanía y cuando se cierran tras el Señor suenan a la piedra sellando el sepulcro. Entonces, en el instante en que iban a encajarse las dos hojas, estalló el aplauso. No se inició poco a poco y fue creciendo, no: explotó incontenible, irreprimible. Como si el dique que prohíbe aplaudir al Señor no pudiera resistir más la presión de las emociones y reventara. Era Sevilla diciendo gracias. Gracias a la Hermandad que en 1620 lo encargó y desde entonces lo cuida y lo ofrece con generosidad ilimitada. Gracias a Juan de Mesa por esculpirlo. Gracias a don Juan José Asenjo por designarlo para que presidiera el Jubileo de las Hermandades. Gracias a la Junta de Gobierno y a los hermanos que tan ejemplarmente han hecho las cosas. Gracias por la visita a esas manos desatadas del Señor que son las Hermanas de la Cruz. Gracias a la lluvia que nos lo dio un día antes y nos regaló un domingo que ya es historia. Gracias a los cien mil sevillanos que lo acompañaron cuando fue a la Catedral y a los más de doscientos veinte mil que lo arroparon cuando volvió a su casa, demostrando con su respetuoso silencio que cuando se trata del Señor no hay fronteras entre hermanos y devotos, entre el séquito y la multitud que, como recordó el compañero Juan Parejo, hizo cierto el verso de Rodríguez Buzón: "Toda Sevilla, Señor, es borde de tu camino".

Daba gracias ese aplauso, sobre todo y ante todo, al Señor del Gran Poder por existir. Así de simple. Así de hermoso. Así de hondo. Gracias, Señor, por haberte dado hoy a Sevilla. Y gracias por estar aquí, siempre, dando sentido, esperando, acogiendo, abrazando, sosteniendo, confortando, consolando, compartiendo, exigiendo, perdonando.

El largo aplauso a puerta cerrada demostró que eso a lo que algunos llamamos Sevilla todavía existe. Entró en absoluto silencio el Gran Poder en su Basílica, porque al Señor no se le aplaude. Se empezaron a cerrar las puertas. Y un instante antes de que encajaran, sin que el Señor estuviera ya presente, como debe ser, estalló el aplauso, reventó la emoción, se desbordaron los corazones. No por un concreto favor recibido, sino solo por existir y por vivir aquí, entre nosotros, con nosotros, como un cotidiano milagro y un diario don de Dios, Sevilla daba las gracias a su Señor.

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