La ciudad y los días

Carlos Colón

ccolon@grupojoly.com

La aristocracia de la realidad

Niños de la calle e Inmaculadas: idealización y realismo confluyen en Murillo

Morían más de dos mil personas cada día y en su espantosa cumbre hubo jornada que se llevó por delante cuatro mil vidas. Entre abril y julio de aquel maldito año de 1649, Sevilla perdió la mitad de su población: de 120.000 habitantes pasó a 60.000. Casas abandonadas, barrios desiertos, negocios desatendidos, campos sin manos que los labraran. Sólo 30 años más tarde la pérdida del monopolio del comercio con la Indias selló el sepulcro de la ciudad para siempre. Tardó más de doscientos años, hasta 1860, en recuperar la población que tenía antes de la peste. Su vida cosmopolita, comercial y cultural no la recuperaría jamás.

El compañero Francisco Correal contaba ayer que, en una conferencia impartida en el Foro Al Ándalus, Enrique Valdivieso inscribía los cuadros murillescos de niños de la calle -"una serie excepcional en el arte europeo"- en las secuelas de esta tragedia: "Deben ser huérfanos de los estragos de aquella peste, niños al borde de la delincuencia que Murillo pinta en las afueras de la ciudad". Efectivamente, desde Niño espulgándose hasta la Anciana despiojando a su nieto la serie de los niños se inicia tras la peste de 1649, al igual que la serie de sus Inmaculadas. Idealización y realismo confluyen en el artista que, en acertada expresión de Valdivieso, supo ver "la aristocracia de la realidad". Porque saber pintar es, antes que una técnica, un saber ver. Y tan reales son esos niños rescatados del olvido a través de su representación compasiva como lo es esa mujer modesta a la que los Evangelios apenas dedican unas líneas, sobrepasada por acontecimientos que acepta sin comprenderlos, perseguida por el infortunio desde el parto a la cruz, pero que los cristianos veneran y las Inmaculadas glorifican con esa desmesura que Rafael Montesinos disculpó con elegancia: "A Dios no le sienta mal / saberte la preferida. / Sevillana concebida / sin pecado original".

La máxima idealización de la humanidad en el arte cristiano, el equivalente a la estatuaria clásica griega que funde belleza y virtud, se da en la representación de la Virgen y muy especialmente en la iconografía de la Inmaculada. Que el pintor que tan dulce compasión volcó en sus retratos de niños de la calle sea el autor por excelencia de la Inmaculada da la razón al profesor Valdivieso cuando define a Murillo como el pintor que "llevó la tierra al cielo y el cielo a la tierra".

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