UNA magnolia esparce su aroma por la habitación desde el florero colocado en la mesilla de noche. Es un leve olor dulce y embriagador que narcotiza el entendimiento y hace creer que se está en el paraíso. No es una creencia muy descabellada; es día festivo y en la calle no se oye un alma, o a lo sumo, de vez en cuando, los pasos apresurados de una pareja que se dirige al centro para asistir a la procesión del Corpus. Es un despertar idílico en el que la pereza gana terreno apresuradamente; no hay urgencia alguna. Está la procesión, sí, pero hace años que el discurrir de las interminables representaciones de hermandades y corporaciones resulta tan tedioso que anima a continuar donde se está para contemplarla tranquilamente, una vez más, en el recuerdo. Y van sucediéndose las imágenes de los santos, de la Virgen, del Niño, de las Custodias, y entre ellas, intercaladas como por azar, los rostros de personas que ya pasaron a mejor vida pero que fueron asiduos integrantes del cortejo; algunos sonríen, otros hacen como que no te ven, los más saludan abiertamente, sin cortedad alguna, en fin, la pura realidad pero embellecida por el filtro de la evocación. Pero el aroma de la magnolia va y viene según la postura adoptada; es tan suave que desaparece si das la espalda a la flor.

Debilitadas por la distancia suenan las campanas de la Giralda; un repique en toda regla para anunciar que el Santísimo acaba de salir de la catedral. ¿O será que está entrando? El paso del tiempo se ha hecho gelatinoso y resulta imposible saber qué hora es, ni ganas que se tienen de saberlo. Pero la mente a cada momento está más activa y termina siendo complicado mantenerla en blanco para disfrutar del momento. Y de rondón se cuela el ensordecedor estruendo de la pitada al Rey; no tiene nada que ver con el día ni la situación, pero ahí está con su desagradable desaire. Es un recuerdo triste que está a punto de desbaratar el sosiego, sin embargo el aroma regresa y se encarga de ir empequeñeciéndolo hasta dejar de manifiesto su tonta simpleza.

A fin de cuentas España es diferente, muy diferente. Así, como el que no quiere la cosa, es el país en el que más donaciones de órganos se realizan; el que proporciona más misioneros y voluntarios para ayudar a los necesitados olvidados del mundo. Y por supuesto en ningún otro lugar las magnolias exhalan olor tan sugerente y evocador.

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