| La campana |

José Joaquín León

Tantas ausencias entre tantos

El Miércoles Santo tuvo un recuerdo de ausencias irreparables como la del cura Javierre y el 'obispo' de San Bernardo · Pero hay también ausencias ocasionales · Curiosamente esta tarde se ve a menos gente

MIÉRCOLES Santo sin agobios por riesgo de lluvia, como parece que sucederá hasta el final de la Semana Santa. A mediodía ya hay nazarenos en las calles de Nervión, en torno al Cristo de la Sed y la Virgen de Consolación. A las dos de la tarde los alrededores de San Bernardo reviven la fiesta de todos los años. Empiezan a salir los más de 2.000 nazarenos de esta cofradía. Poco antes de las tres de la tarde, mientras se están abriendo las puertas en Omnium Sanctorum para la salida del Carmen Doloroso, en la avenida Eduardo Dato se produce la conjunción estelar de Nervión y San Bernardo. Hay capirotes negros de La Sed en la dirección de Jiménez Aranda. Hay capirotes negros en la dirección del puente, con la Giralda de centinela al fondo, detrás del edificio-adefesio de los Bomberos. Visto así, de lejos, una señora los confunde y le dice a otra: "Hacen un recorrido por el barrio, dan la vuelta y salen por allí, ¿no los ves?". Piensa que estos nazarenos que entran por Jiménez Aranda luego salen por San Bernardo, no se sabe cómo, y enfilan el puente. Piensa que son los mismos, eternos nazarenos.

Pasa el Cristo de la Sed, en dirección a Luis Montoto. Pasa el Cristo de la Salud, majestuoso como siempre por el puente. Pasa la Virgen de Consolación y revira en la Avenida de Eduardo Dato, como si fuera la esquina más estrecha del casco antiguo. Viene la Virgen del Refugio por las calles abarrotadas de San Bernardo, donde el barrio ha salido a festejar que es otra vez Miércoles Santo. Y es entonces cuando hasta la señora del despiste ve que los nazarenos no son los mismos. No es sólo que no dieran la vuelta por el barrio, sino que siempre hay alguno que no vuelve al barrio. Porque se fue al otro barrio, o porque la vida no le llevó hasta allí cuando volvió a ser Miércoles Santo.

Hay ausencias que duelen el día en que sale una cofradía. Son las ausencias irreparables, la de los hermanos difuntos, o la de personas que estuvieron muy vinculadas. En este día, ¿cómo no echar de menos al cura Javierre, que estuvo con La Sed en sus tiepos fundacionales, o a don José Álvarez Allende, el obispo de San Bernardo que nunca fue nombrado como tal, pero que nos lo parecía cada Miércoles Santo cuando acompañaba a la cofradía.

Más tarde, en San Martín, cuando haya salido el paso de la Lanzada, cuando la Virgen del Buen Fin aparece en la plaza, brillan dos rosas rojas a sus pies, que ponen el contrapunto a los ramilletes cónicos de rosas achampanadas que adornan sus jarras. "Es un recuerdo de dos miembros de su Junta de Gobierno que fallecieron", explican. Y caes en la cuenta de que los ausentes se hacen presentes cuando su recuerdo queda en algún testimonio, o simplemente en la memoria.

La plaza de San Lorenzo, como todos los años, está llena cuando pasan el Cristo del Buen Fin y la Virgen de la Palma. Pero hay algo que no es igual. No todas las ausencias son por fallecimientos, gracias a Dios. Toquemos madera de caoba, como la del paso del Cristo de Burgos, que poco después saldrá de San Pedro. Pero en San Lorenzo, cuando el paso de la Virgen de la Palma se aproxima a la Basílica del Señor, hay algo que no es igual, hay alguien que no viene. El cardenal Amigo Vallejo, retirado de la sede de Sevilla, no está, ni se le espera, mientras las representaciones de La Soledad, El Dulce Nombre y El Gran Poder aguardan a la cofradía. Parece ser que el prelado está en Valladolid, ¡qué lejos! Otros dicen que ha llamado por teléfono para desear buena estación de penitencia.

En este Miércoles Santo de ausencias definitivas y temporales, nos parece, en las primeras horas, que hay menos gente que el Martes Santo, incluso bastante menos público que el Martes Santo. El Baratillo ha cambiado su itinerario para salir a Reyes Católicos desde Pastor y Landero, ahorrándose de paso dos revirás por el barrio. Hay mucha gente, aunque no tanta como otras veces; en algunas zonas de la calle se aprecia cierta holgura. ¿Cuál es la causa de que haya menos público que el día anterior? Se pueden aventurar diversas teorías. El Miércoles Santo la gente sale más tarde, se reserva para las últimas horas. Y además algunos se habrán ido a la playa, aunque la tarde es más bien fresquita, vaya a saber. O estarán esperando a que termine el partido del Barcelona, no creo que sea eso, pero en fin. Son los misterios de la Semana Santa.

Es día, sí, de misterios, desde el primer paso que transitó por la carrera oficial, que fue el de las Negaciones de San Pedro del Carmen Doloroso, con su gallo ya famoso entre la fauna de la Semana Santa. Esta vez la salida de la Virgen del Carmen es menos novedoso, pero no es menos meritoria para una cofradía en evidente proceso de formación. Por San Pedro vuelven hacia Omnium Sanctorum. Y desde San Pedro ha partido el Cristo de Burgos, todavía con sol de atardecer, siendo como es cofradía de negro y de noche, que es cuando nos llega con más honduras.

Los misterios van a poner el colofón del día. En San Vicente con las Siete Palabras. En la calle Orfila, con la imposibilidad que hace posible Los Panaderos. Allí, en los alrededores de la capilla de San Andrés, y en ese largo de río de multitudes que fluye hasta la plaza del Duque, no se nota que haya menos que otros años. Pero no serán los mismos. Habrá ausentes y recién incorporados. Al final, las ausencias se quedarán en la memoria, mientras la Semana Santa se renueva, se recarga de vida.

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