Cuchillo sin filo

Francisco Correal

El autogol de Adolfo Suárez

DICE Monchi que el bipartidismo en fútbol es más acusado que en política. Ya tenemos a los dos partidos, las dos Españas, Madrid y Barcelona, prestos para medir sus fuerzas el Miércoles Santo. Si nos fijamos en la foto del Acuerdo Social y Económico, esa tarta de compromisos que el Gobierno le ha regalado a Angela Merkel en su visita, aparecen juntos el presidente del Gobierno, José Luis Rodríguez Zapatero, blaugrana confeso, y el madridista Cándido Méndez, secretario general de la UGT.

Se habla mucho estos días de los pactos de la Moncloa. Nos falta un Fuentes Quintana, que además de enseñarle Economía al Rey, le puso cifras a la letra de la transición. En aquellos pactos el factor balompédico estaba más diluido. Adolfo Suárez no se distinguió por ser aficionado, a diferencia de Felipe, que recién salido de la clandestinidad, ventrílocuo de Isidoro, bajó a los vestuarios del Vicente Calderón a felicitar a los béticos que el 25 de junio de 1977 ganaron la primera Copa del Rey. Suárez fue un político cartujo que contagió el ascetismo a los demás negociadores. Marcelino Camacho eran por entonces la pareja de defensas de la selección española que, por ejemplo, consiguió en Belgrado el billete para el Mundial de Argentina. El día del botellazo a Juanito y del pase imposible de Cardeñosa a Rubén Cano.

Volví a casa y me hice un croquis mental de los bares donde televisaban el Madrid-Sevilla de la vuelta copera. En el bar Daoiz no cabía ni Velarde. Javier Castro, con nombre de delantero del Celta de Vigo, mantiene en el negocio el nombre de su padre: Casa Joaquín, un tabernero leído y licenciado, autor de versos y anfitrión un tiempo de la tertulia literaria, amiga de viajes y opúsculos, llamada Cuadernos de Roldán. Lo bueno de la prohibición de fumar en los bares es que la adicción de los vehementes deja sitios libres. Antes te quedabas sin sitio y te tragabas el humo.

Avancé posiciones y me coloqué en la medular junto a mi amigo Eduardo del Campo, padre del periodista y poeta homónimo autor del libro De Estambul a El Cairo de briosa actualidad. Delante de nosotros, tres hombres y dos mujeres compartían palco de botellines y montaditos. En la mesa, una carátula de la película Matrix. ¡Hala, Matrix! Javi se movía por el interior del mostrador como un juez de línea, atendiendo todas las zonas del terreno de juego. El gol de Özil vació el bar de parroquianos. Como si todos se hubieran ido a fumar a la calle. La vuelta a la realidad: las cifras del paro, la crisis de Egipto. Para que los de la memoria histórica se avergüencen de cómo se hizo en España la Transición. Con Adolfo Suárez marcándole al Régimen el autogol más hermoso.

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