La lluvia en Sevilla

De bares

En los bares que frecuento, las gentes echan el rato con 'sprezzatura' y cuidadito

Cuando mis amigos y yo, botellín en mano, jugábamos a fabular cómo sería el peor de los mundos posibles, siempre nos lo imaginábamos con una huelga indefinida de bares. Pero eso era antes. Ahora, apenas nos atrevemos a jugar a las distopías, porque vivimos con la sensación de haber caído en una de ellas. Este año han sucedido -y puede que continúen sucediendo- cosas que jamás creeríamos, como el cierre de los bares. Éste no es, ni de lejos, el peor de nuestros males, aunque es cierto que el cierre de estos establecimientos ha desangrado de forma especial a esta ciudad, cuya economía vive peligrosamente escorada hacia el turismo y la hostelería. Aun así, primero el cierre de los bares, y posteriormente su apertura con protocolos extraños y variados, me han hecho meditar sobre el uso que aquí le damos a las tascas, bodegas y tabernas. Algunas de nuestras usanzas en los bares, como estar apretados en la barra, son hoy inviables, pero otras aportan seguridad suficiente como para elegir quedar en ellos con una buena amiga para echar una cervecita (detrás de otra).

Aunque hay bares por todo el mundo, no se hace vida en ellos de la misma manera. En cierta ocasión, por ser hospitalaria con un escritor de las Américas que nos vino a visitar, lo llevé a tomar tapas a una de las mejores barras de Sevilla, y no vean cómo se puso el señorito. No le cabía en la cabeza que fuéramos a cenar aquellos platillos minúsculos, de pie y ante camareros que daban grandes voces. Le indiqué, obviamente, el camino más rápido para salir de Sevilla. Años después, conviví con un zamorano que en su tierra sabía beber, mucho y bien, pero aquí, a la cuarta Cruzcampo, a Dios le hablaba de tú. La clave estaba en la frugalidad. Aquí, nos tomamos sin problema varias a palo seco, acaso con unos altramuces y eso, a fe mía, desconsuela a los estómagos septentrionales. En ese gusto que aquí se tiene por polarizarlo todo, resulta tan propio de la identidad sevillana venerar su cerveza por fresquita y liviana como renegar de ella por eso mismo.

Pero si traigo el asunto de los bares (ahora que vemos las barbas del vecino catalán cortar) es por señalar que la manera habitual de usarlos aquí quizá haga posible que permanezcan abiertos y seguros, pues hasta en los meses de frío somos mucho de tomar algo a sus puertas, no somos de gustos opíparos ni estatuas de interior. Cafres haylos como en todos lados, pero ante quienes señalan al prójimo como el eterno culpable de todo sostengo que, en los bares que frecuento, las gentes echan el rato con sprezzatura y cuidadito. Eso me hace sentirme orgullosa de mis vecinos. A quienes saben convivir en las bullas no les cuesta habituarse por un tiempo a solazarse más holgados.

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