LAS batutas, para los ensayos. Después, en el concierto, durante la celebración musical frente al público, mejor sería que el director permaneciese al margen, sin distraer, sin maquillar, sin mantener sobreactuación alguna. El Concierto de Año Nuevo nos volvió a servir la paradoja como si fuese la primera vez. Necesitamos ídolos. Marcas. Iconos. Y la sociedad bienpensante encontró en Barenboim la metáfora perfecta para la canalizar su necesidad de bonhomía. Así, hemos leído titulares de prensa que lo tildan de grandioso, excelso, magistral. Hasta escuchamos a José Luis Pérez Arteaga, por televisión, decir que sólo un genio como él podía permitirse el lujo de dirigir sin partituras. Y sin abandonar la tarima cada vez que concluía una de las piezas.

Cuando, a decir verdad, el cometido del director se encuentra en los ensayos, su labor está entre bastidores, como bien pudimos ver en el magnífica making off que nos sirvió la ORF (impresionante la realización de Michel Beyer). Lo de después, delante del público, es mentira, pura representación. ¿Se imaginan que en una función de teatro apareciese el director a establecer acotaciones, a lucir el palmito? Visto ahora, parecería abominable. Aunque, quién sabe, si la burguesía dominante en su momento hubiese instalado esa tradición, seguro que asistiríamos a la farsa como si nada.

El apellido Barenboim fue polisémico: lo mismo sirvió para cantar la paz en el centenario de la Primera Guerra Mundial que para luchar por nobles causas o cantar al amor como dejó bien claro al dedicar su primera pieza, La bella Helena, a su mujer. Pianista virtuosa por demás. Instalados en el teatrillo, las mentes bienpensantes han vuelto a incurrir en todos los tópicos, uno por uno. Aunque los maestros del Barroco nos demuestren cómo el músico puede hacer las veces de director. Sin estridencias ni numeritos.

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