El balcón

Ignacio / Martínez

Una bendición

LA medida de Renfe contra el ruido en los trenes de alta velocidad tiene beneficios colaterales. Es un acontecimiento que lo redime a uno consigo mismo. Hay cosas que nos irritan, pero aparentemente no afectan a los demás. Y acabamos pensando que somos unos tiquismiquis sin aguante ni paciencia. Hasta que descubrimos que eso que nos molesta en realidad fastidiaba al universo mundo. Será un consuelo de tontos, pero reconforta un montón. Este ejemplo es perfecto.

Desde el pasado lunes los usuarios del AVE Sevilla-Madrid pueden elegir un vagón sin ruido. Entiéndase, básicamente sin teléfono móvil y sin voces altas en las conversaciones. También sin menores de 14 años ni mascotas. La medida ha sido un éxito fulminante: se han vendido miles de billetes en pocos días. Así que se extenderá mañana a las líneas de alta velocidad entre la capital de España y Málaga, Barcelona o Alicante. Y en octubre también se podrá viajar en AVE a Barcelona desde Sevilla o Málaga, y de Valencia a Sevilla, en tan confortable, civilizada y educada compañía.

Resulta sorprendente el impudor con el que estudiantes jovencitos, ejecutivos maduros, novias y novios tontamente enamorados o morosos que dan largas a sus acreedores cuentan sus vidas sin el menor reparo. No es sólo fruto de su mala educación; hay un cierto exhibicionismo obsceno en los relatos pregonados en esos viajes. Hace años, cuando la economía iba como un tiro y la especulación inmobiliaria campaba por sus respetos, oí a un señor explicarle a su interlocutor cómo comprar el favor de alguien para unos permisos o bien cómo intimidarle. No fue una conversación robada: el individuo repitió a voz en grito una y otra vez su consigna entre Córdoba y Málaga.

Consuela descubrir que se ha abierto una brecha contra la impudicia sonora en los trenes. Ahora, hay que copiar la fórmula. Como diría un político pedante, urge que esta ola de regeneración medioambiental se extienda rápidamente hacia otros ecosistemas. O, hablando en plata, sería muy de agradecer que algún multicine lance la oferta de salas sin maíz y sin cháchara para comentar la película. Tendría éxito. El cine que un servidor frecuentaba en el centro comercial de Rincón de la Victoria (Málaga) cerró sus taquillas y vende las entradas en la misma cola que las palomitas. Así se sufre doblemente a los adictos al popcorn: se tarda el triple en sacar la entrada y se soporta cómo el compañero de localidad rasca el cubo para coger las rositas de maíz y luego las mastica alegremente con la boca abierta. Una bendición… A ver si cunde el ejemplo.

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