Souvenir de Sevilla y olé: Torres del Oro, toros de plástico, tarros de esencias. Mandiles de volantes, monteras de corchopán, camisetas con lemas que surcan los mares del tópico. Ayer mañana, camino del centro, me topé con una nueva tienda de recuerdos para el turista. Me clavé frente al mostrador. Allí lucían decenas de esas bolas de vidrio que llevan dentro una miniatura de los lugares embelmáticos de la ciudad. Esas bolas tan horteras tienen algo fascinante, de mundo en burbuja. Quienes las compran parecieran querer llevarse el lugar en un bolsillo, no sólo sus monumentos, también un poquito de su aire y su ensoñación. Sostengo que, como las bolas-souvenir de otras ciudades, las de Sevilla también debieran llevar dentro nieve. Agitarlas y ver caer los copos sobre la Giralda nos provocaría un asombro feliz.

Sevilla -cada vez una porción mayor de la misma- se va pareciendo día a día un poco más a esa ciudad dentro de la burbuja, a una burbuja de ciudad, envasada al vacío para el visitante. Lo que está dentro de la bola, que nos parece tan propio, apenas nos pertenece. Por descontado, sus habitantes no salimos en la foto, a no ser que nos disfracemos de nosotras mismas. Me rechistarán ustedes que de qué me espanto, que ésta no es cosa nueva, ni endogámica: las ciudades hermosas se malean, dejan de ser para llegar a parecer. Adaptan horarios, precios y maneras al gusto del turista. Nada nuevo -pudiéramos pensar- bajo esta luna plateada de primavera. Sin embargo, ya lo habrán observado: aquello que escribió Antonio Machado, "Sevilla sin sevillanos, ¡oh maravilla!" ahora mismo suena, más que a anhelo, a profecía. La amplia y cada vez más ampliada Sevilla para los turistas desplaza, literalmente, a sus vecinos. Hace poco busqué en mi barrio un lugar donde vivir por un tiempo, mientras se hacían unas reparaciones en casa. Casi todo lo que encontré fueron apartamentos turísticos, a precios que ni yo ni gran parte de mis vecinas nos podemos permitir. Muchos habitantes de la ciudad acabamos esquinándonos en barras de bares en resistencia, en calles sin falsificar, en los callejones más desconocidos de Triana, en puestos donde el precio no nos salte las lágrimas. Cuando entro en las casas -de labor, en corralas o solariegas- de amigos que las conservan y habitan, donde aún se charla y canta, a pesar de las continuas ofertas y amenazas de la usura, me pregunto cuánto tiempo de vida viva les queda. Cuánto resistirán sin convertirse en sleepings. ¿Cuánta responsabilidad tenemos cada cual en hacer ciudad o desmantelarla? Aquí, frente a este mostrador, quedo pensando. Mientras, la tendera envuelve una de esas bolas con Sevilla dentro. Sin sevillanos, please. Para regalo.

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